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Sin asunto

Sin asunto

Ya lleva un buen rato el cuerpo pidiéndole salir de la cama. Resiste pero no tiene voluntad para contradecirle. Hubiese preferido permanecer como antes de despertar: inerte, inmune a esa sensación de sentirse inerme. Por eso se inquieta, algo le está asediando. No puede reconocerlo, desconoce por qué le persigue.

Finalmente, obedece a aquel mandato. Va hacia el baño y se lava la cara. Tampoco entiende por qué lo hace: odia esa bofetada fría en el rostro; rápidamente, levanta la cabeza para escurrirse de esa húmeda sacudida de la realidad. Así es como tropieza consigo mismo que se sorprende al verle desde el espejo. Baja la mirada, no puede sostenerla ante esos ojos huecos, desnudos. Nunca es fácil ver el propio abismo.

Pero también se defiende: tampoco tienen derecho a mirarle de ese modo. No hay nada peor que sentir la propia compañía como algo insoportable. No advierte que le perturba ser incapaz de disfrutar la oportunidad inmanente de estar bien... de ser.

Vuelve tras sus pasos. No habrá desayuno, sólo se atiborrará con el techo de un dormitorio pintado por la matinal bruma esclarecida de la noche que, inevitablemente, se derrumbará en la hondura de la siguiente. Es un día sin tiempo, de niebla donde vagan ausencias, pérdidas, desencuentros, deshojados recuerdos de otros días, luminosos unos, de borrascas otros.

Se traiciona y sucumbe ante el rito de invocar. Errantes, las súplicas se vuelven mudos gritos disueltos en la inmensidad del océano de la memoria. Insiste: reclama por aquellas jornadas que ha disfrutado, conjura el exilio definitivo de las tempestades que ha provocado.

-¿Por qué recuerdo todo esto?- se dice atado a un rincón de la habitación. Desde aquél vértice, ve como va asomando un universo lejano: el terruño añorado del que todos provenimos, donde se gesta un futuro que sólo servirá para tener un momento como hoy, un instante de nuestro tiempo gastado en pretender volver a él, a la infancia, época en que los sueños no se adelantan, se viven a la par que acontece el presente.

Su mirada vuelve atrás, a aquel impreciso día cuando comenzó a construir el mañana, sin imaginar que estaba dejando de ser niño. Así inició su partida de esa aldea natal a la que nunca volvería. Por eso, ahora, su corazón se desgarra para cambiar el rumbo; atropelladamente, intenta ese retorno para recuperar aquel reino que dispuso a su aparente antojo y que sólo le ha valido para ser esclavo de su recuerdo.

-Nada es como pensé que fuese- se reprocha... y se equivoca. Todo cuanto es de adulto se parece a lo que fue antes de serlo. Aquello que tiene o que ha desperdiciado es porque aquel niño, un segundo antes de ponerse a pensar en cómo sería cuando dejase atrás la infancia, muy probablemente, hubiese actuado de la misma manera que él, ya crecido. Sus motivos siguen siendo los mismos; cambian las circunstancias, los medios. Los aciertos se repiten, los errores se parecen. -Todos corremos detrás de lo que necesitamos y escapamos de lo que nos asusta- murmura en silencio.

-Sigo teniendo ese derecho-se consuela susurrante-: a intentar. Pero ahora, protagonista voluntario de sus actos, nada le exime de corregir lo que ha errado. Lo sabe, no hace falta que nadie se lo diga. Cuán duro le resulta ser sometido al propio juicio de las decisiones fallidas, de los daños provocados, más cuando aún alberga la sombra de un niño desterrado de su patria original empujado por hechos de los que no ha sido dueño.

Siente frío. La destemplanza del paisaje gris se ha metido en su cuerpo. Es un antiguo rocío que amortaja su alma. Le ha invadido el remordimiento de los errores, de aquellos que el niño no hubiese cometido sino hubiese sido un cachorro desprotegido que se acercaba a su indiferente dueño, no por el aspecto sino buscando su gesto.

Cierra los ojos como si quisiera con los párpados borrar las imágenes de las carencias y las equivocaciones; implorando que su bajar y subir sea una mágica caricia que devuelva con su paso los colores a los grises, la sonrisa a los llantos derramados, el tacto de los abrazos lejanos... las alas al espíritu quebrado.

Siente un trago inverso en la garganta. Algo quiere salir y no puede: un grito recóndito de sentimientos ahogados. Se le ensancha la mirada buscando una lágrima que no encuentra. La pena se convierte en un cerco del que no puede escapar. Se revuelve, gime. Dolorosamente, el hombre ha vuelto a ser niño. Ha recuperado, al menos, su identidad aunque no pise su suelo. Su aliento agitado trata de atrapar el aire que le tranquilice. Lánguidamente, su congoja suspira. -Todos han pasado, pasan y pasarán por esto- arbitra.

La calma seduce a la tormenta. Cabizbajo, se sienta en el borde de la cama. La ventana no dibuja nada, excepto un fantasma que flota afuera.

-No quiero verme así, perdido- pronuncia ante su reflejo. Ya no soy un niño-admite-, todo el mundo se equivoca... –se consiente arrepentido-; si puedo flotar en esta niebla, también puedo salir de ella. No quiero sentirme así, ni tan bueno ni tan malo... soy como cualquiera, con derecho a la misma cuota de cariño y capaz de pagar por ella con lo que llevo dentro... yo también valgo...

Se acerca a la ventana y apoya la mano en el cristal donde se ha hundido su fantasma, retornando al mundo que lo ha creado. Sus dedos sienten el frío de fuera. Una señal que contrasta con el calor de su vida.

La bruma de dentro se disuelve. Se da la vuelta y se sienta frente a una mesa. Vuelve a mirar hacia la ventana. La luz gris permanece y no cambiará hasta que anochezca. Eso ya no le inquieta. Le es suficiente con que sea su alma quien se despeja. Entonces, escribe:

PARA: A todo cuanto tengo y quiero

ASUNTO: ...sin asunto...

 

Y retorna a sí mismo, satisfecho de su encuentro... con lo que es, no con lo que debería haber sido.

El vecino/3 de 3

Despertó sin sobresalto pero con una sorpresa: un pájaro canturreaba algo incomprensible detrás de la cortina. Esta vez con tranquilidad, la corrió sin temor. Sabía lo que encontraría: la nieve que el frío protegía y al árbol, con su esqueleto de brazos abiertos; en uno, un pájaro posado, en otro una hoja aferrada. La joven rió y dio un jubiloso giro sobre sí misma. Pero unos pasos en la escalera, interrumpieron su euforia. –Es mi amigo pintor- pronunció interiormente. Corrió hasta la puerta y al abrirla se encontró con la señora encargada de la limpieza, quien le miró con tanta sorpresa como la de ella al no encontrar al anciano.

-¿Qué hace Ud. aquí?- dijo la joven decepcionada por no hallar lo que buscaba.

La mujer le miró comprensivamente porque sabía de su enfermedad y se limitó a responder amablemente: -Señorita, Ud. bien lo sabe... Y tenga buen día- finalizó para proseguir con su labor.

Pero la desilusión volvió a interrogar: -¿Y el pintor, por qué no está aquí?

La limpiadora pacientemente abandonó sus trastos, se acercó a la joven y mirándole con dulzura le contó:

-El pintor murió ayer. Le encontraron recostado junto a la puerta de su habitación, al borde de la escalera. Fue muy extraño, estaba muy frío. En los bolsillos de su abrigo sobresalían unos pinceles y algunos tubos de pintura. Sin embargo, su rostro estaba en paz, casi con una sonrisa.

La joven, sorprendida y apesadumbrada a la vez, agradeció la explicación con un gesto y regresó a su habitación. Al cerrar la puerta, quedó enfrentando la ventana. Repentinamente, se llevó las manos a la boca para sofocar un grito. Acababa de descubrir lo ocurrido: afuera, la gélida brisa movía las delgadas ramas del árbol. Sólo la hoja permanecía impasible. Era la última obra del viejo pintor.

 

Sólo he querido acercaros esta versión respetuosamente adaptada por mí de un cuento de O. Henry, seudónimo de William Sydney Porter, un maestro de los relatos breves. Tanto como si lo conocieseis o no, me ha parecido oportuno que lo disfrutaseis, por su referencia simbólica a la solidaridad humana, representada, en este caso, por un vecino pero que bien podría ser a través de un amigo, un compañero de trabajo. Que sirva esta historia para recordarnos cómo somos, quiénes nos rodean, la necesidad afectiva que tenemos y el valor que posee el disponer de esas personas.

El vecino/2 de 3

Una vez más la luz disolvió la oscuridad, aunque nadie lo advirtió hasta que los fantasmas del temporal fueron reemplazados por un ir y venir de pasos en la escalera y el aullido urgente de una ambulancia que se apagó precisamente en el portal del edificio. La joven de la planta baja se despertó sin reparar en la ausencia de su tos. Estaba más atenta al traqueteo de la escalera y al vehículo que mantenía su motor en marcha afuera. De pronto, recordó la hoja, la única que quedaba ayer por la tarde. Su gesto cambió tan rápido como cuando la niebla se adueña de una montaña. Su incertidumbre ya no era por lo pasaba detrás de la puerta de su habitación: estaba depositada en aquello que podría encontrar del otro lado de la ventana. Mejor dicho, en aquello que no podría encontrar.

Salió de la cama, se cubrió con una manta y se enfrentó a la cortina desplegada. Se aferró a ella con una mano sin deslizarla; estaba más cerca del ruego que de la duda. Bruscamente, apartó el burdo telón y quedó enceguecida por la transparente luz de la mañana reflejada en la nieve amontonada junto a su ventanal, cubriendo el callejón que la separaba del árbol desnudo, casi pegado al paredón vecino. A pesar del deslumbramiento, sus ojos no parpadearon. A medida que el velo luminoso fue desvaneciéndose, la escena fue cada vez más evidente: allí estaba el raquítico árbol. Sólo competía con el diáfano día el brillo dorado de la hoja que no había claudicado ante la tormenta. La joven exhaló un breve gemido de alivio que se convirtió en una sonrisa. Pero una sombra se le antepuso: -Pronto caerá- pensó amargamente y volvió a acostarse.

Pasó el día atendiendo hipnóticamente a la persistente hoja. Si la debilidad le vencía, despertaba súbitamente para calmarse al encontrarse con la fiel compañía de esa frugal vecina. Por la tarde, sin abandonar su vigilancia, recordó al vecino pintor y, sólo por un momento, instintivamente, su mirada buscó el tazón de caldo que le había dejado. Sentía hambre. Lo calentó y bebió lentamente para no perder de vista a la hoja. Poco a poco, fue sintiéndose reconfortada. Hacia tiempo que esa sensación no era suya. Nuevamente su pensamiento preguntó por el anciano de arriba. Con esa nueva incertidumbre, advirtió como ya casi no quedaba luz fuera. La hoja que se aferraba a la vida era casi invisible. La tapó con la cortina y reconoció que, a pesar de su nefasto presagio, se sentía mejor, con deseos de descansar, de alejarse de ese pronóstico adverso. Finalmente, se durmió apaciblemente después de festejar esa fría pero luminosa Navidad con un tazón de buen caldo y la compañía de una resplandeciente hoja dorada.

El vecino/1 de 3

El vecino/1 de 3

Entró en la habitación que era toda su casa muy despacio, como si no quisiera importunar al vacío. Pero su buena voluntad pretendía no aumentar las quejas con que sus viejos huesos le azotaban por dentro, amotinados por el frío del día.

Apoyó los cuadros sin enmarcar y le costó convencer a sus manos para que desarticularan su congelada postura, al menos lo suficiente como para soltarlos. A pesar de todo, acertó a cerrar la puerta, más por costumbre que para evitar la entrada del frío. Era igual, su cuerpo no notaba la diferencia entre el gélido gris de afuera y la penumbra de dentro.

Caminó deslizando los pies muy suavemente, sin ningún ruido. Era su forma más ágil de llegar hasta el hornillo donde descansaba el resto de un caldo que le prometía aliviar el hielo que se había enquistado en su cuerpo. Sin embargo, su ánimo permanecía tibio.

-Cuando pase el temporal, algo se venderá- se dijo mientras removía el caldo que, con su aroma, hinchaba su entusiasmo. Los círculos de la cuchara no le ayudaron a recordar cuando fue la última vez que una persona se interesó por los cuadros que le acompañaban desde que había dejado de pintar y que exponía a diario en la calle, cerca de la habitación que era toda su casa en un viejo edificio de pocos vecinos.

Una tos interrumpió el vaivén del utensilio en el caldo.

-La chica de abajo está peor- señaló para convencer a sus huesos que, ni con el buen olor de la sopa, acallaban su ruinoso descontento.

Cuando consiguió que estos dejaran de alborotar y el caldo era sólo un perfume que convertía al cuarto en algo habitable, el silencio de su cuerpo sin molestias le permitió prestar atención al rumor quebradizo de aquella vecina. Sus piernas más entonadas le llevaron, ahora sin arrastrar los pies, escaleras abajo. Golpeó amablemente la puerta anunciándose con su nombre. La tos cesó y una desgajada voz femenina le respondió invitándole a pasar.

La habitación estaba casi a oscuras. Muy despacio se acercó a la cama donde estaba tendida una joven cuyo mal estado no impedía opacar su belleza natural. –La belleza de la juventud- se permitió pensar por un momento el viejo pintor.

-¿Puedo sentarme a su lado? ¿Puedo serle útil? ¿Necesita algo?

La joven le miró dulcemente. -No se moleste, ya nada puede remediarme.

-Nada de eso- soltó el anciano vecino y fingiendo una reprimenda, agregó:

-Tiene esto muy lúgubre. Así su espíritu no puede recobrarse.

Dejando su silla rápidamente, probablemente porque los huesos estaban entretenidos con la sustancia del buen caldo, se acercó a la ventana para correr la cortina que la cubría y sentenció:

-Verá como con un poco más de luz se sentirá mejor.

Tan pronto como el exterior quedó descubierto, el rostro de la joven empalideció más, como si en vez de luz hubiese entrado un frío presagio. Sólo se atrevió a murmurar: –Fíjese en el árbol, cuando pierda todas sus hojas, yo también moriré- murmuró.

El pintor sacudió la tregua de sus huesos, reprochándose la idea de iluminar la habitación. -¿De dónde ha sacado eso?- argumentó. -El árbol no morirá, se dormirá hasta primavera, sólo es eso.

-Mi aliento se va con sus hojas secas. Cuando no quede ninguna, me iré con ellas- insistió, para luego enmudecer, perdida en la contabilidad que hacia del contenido de las ramas sacudidas por el viento.

El viejo pintor no pudo evitar mirar hacia fuera y desear que la ventisca cesara. Se acercó a la joven, le acarició la frente y advirtió la fiebre que le angustiaba más que el número de hojas supervivientes. Con una sonrisa, le insinuó que probara un tazón de su caldo, ese que había complacido a su desvencijada osamenta. Su enferma vecina agradeció y negó con la mirada. Una tos incipiente desarmó su gesto. El anciano le arropó y creyó mejor dejarle descansar.

-Volveré más tarde para servirle el caldo- anunció, despidiéndose. Al acercarse a la puerta, miró hacia la ventana: sólo quedaba una hoja. Sus ojos buscaron a la joven y notó que ella también se había fijado en el mismo detalle: sólo quedaba una hoja. Volvió para ocultar la escena con la cortina y, entonces, la joven pronunció: -Es lo mismo, con el vendaval que hay no sobrevivirá, igual que yo-.

El envejecido pintor, arrepentido de su decisión, fue cubriendo el hueco acristalado mientras observaba como el viento parecía ponerse en su contra y a favor de tan triste expectativa. Súbitamente, el tamborileo de la nieve sobre el oculto ventanal, acentuaba la determinación del temporal. Efectivamente, la Nochebuena se acercaba estremecedoramente impulsada por la tempestad de nieve. Las rachas de viento se colaban con sus silbidos por los rumorosos rincones del edificio que, en lugar de provocar la vigilia, sólo acentuaba su escasez: el edificio dormía, refugiándose, como un caracol en sí mismo, escapando de antiguos temores que intentaban confundirse con el sueño anticipado de los vecinos, una sorda táctica parecida a una liturgia torpe que pretendía invocar la pronta despedida de esos huéspedes no deseados, cuya presencia no había manera de evitar. Así, nadie prestó atención a los quejumbrosos huesos del pintor ni al débil y constante carraspeo de la joven enferma.

El amigo silencioso/5 de 5

El pequeño poblado estaba rodeado por fincas muy cuidadas que reflejaban el buen trabajo de sus habitantes. Ahora, mirando por la ventanilla del autobús, mientras se adentra en la ciudad atravesando esa zona indefinible, mezcla de lo urbano y lo rural, me invade la nostalgia por dejar un mundo que me hizo ver las profundas diferencias existentes con el que estoy acostumbrado a deambular y que me hacen añorar lo que he dejado atrás.

El recuerdo del encuentro con los lugareños me produce una leve sonrisa, ya que al atravesar las huertas y los campos donde, a pesar de lo temprano que era, ya estaban trabajando, provoqué tal efecto que les hizo abandonar sus tareas a causa de mi apariencia. Me dirigí al que estaba más próximo a mi senda y saludándole con naturalidad, le pregunté si tenía que caminar mucho para llegar hasta la carretera que me llevase a la ciudad. Se acercó y me respondió con otra pregunta: -¿No necesita Ud. otro tipo de ayuda?

Me miré, me apoyé en un cerco para aliviar mi propia carga y le dije: -Bueno, ya que es tan amable, ¿tendrá algo que me sirva de desayuno?

Llamó a otro hombre de nombre Juan y su voz resonó en la hondura donde se asienta el pueblo, en medio de la serranía. Por supuesto, no sólo se acercó Juan sino una media docena más de aldeanos, aportando cada uno algo de beber o de comer. Me quedé con lo se parecía más a mi acostumbrada manera de salir del ayuno matinal y, mientras me ocupaba de meterlo en el cuerpo, mi anfitrión me preguntó algo que me pareció escuchar la noche anterior: -¿Qué hace Ud. por aquí?

Esta vez opté por ser discreto sin salirme de la verdad y respondí abiertamente: -Ayer estaba muy agobiado por mi trabajo y necesitaba un descanso. Me pareció que lo más indicado para ello era dar un paseo y decidí hacerlo por el monte, ya que vivo en la ciudad. Como es la primera vez que lo hago, no calculé bien el recorrido, se hizo de noche y me perdí. Al amanecer, fue sencillo dar con el pueblo pero no sé como volver a la ciudad desde aquí.

Todos se miraron, cómplices para juzgar mi torpeza y el paisano llamado Juan dijo alegremente: -Pues tuvo suerte, a juzgar por el estado en que ha llegado. Especialmente porque por allí arriba no hay nadie excepto nosotros cuando es temporada de caza.

Aún no sé como pude disimular mi estupor al oír que en lo alto de la sierra nunca hay nadie. Reaccioné, para desatar mi curiosidad mezclada con el asombro, preguntando: -¿Cómo puede ser que nadie ni siquiera pasee por un lugar con tan buen paisaje?

El hombre que había llamado a Juan tomó la iniciativa para responder. –Tenemos la suerte de que aquello sólo sea un lugar para conejos, zorros y jabalíes, aunque hubo un tiempo que un hombre y su perro acostumbraban a andar por allí los fines de semana.

El resto de los vecinos asintieron y Juan, de evidente talante jovial, agregó: -¿A quién se le puede ocurrir tener un sabueso en la ciudad? Pues, a ese hombre se le había antojado ese perro, "por lo bonito", como nos explicó la primera vez que lo encontramos, esperándolo mientras el animal se desahogaba tras un rastro.

-Pero, Juan,- intervino otro de los paisanos –admitamos que el perro era muy bueno en lo suyo, con ese ladrido que llenaba el monte, aunque el dueño fuese un inútil para emplearlo.

Juan siguió con sus comentarios con más respeto. –Es verdad; lo cierto es que estábamos todos deseando que el hombre apareciese los domingos de caza para disfrutar del perro.

-No crea Ud.- dijo mi primer interlocutor –que nos reímos de los que vienen de la ciudad. Nosotros establecimos un acuerdo con aquel hombre: él paseaba dentro del coto, durante la casería, y nosotros nos beneficiábamos de los rastros que el sabueso marcaba. Así, él disfrutaba mucho de ver a su perro desarrollar su instinto de aquella manera.

Todos quedaron callados. Apresuré el fin de la generosa vianda y me atreví a preguntar: -¿Y qué ha sido de ellos?

Uno que no había dicho nada hasta el momento, respondió: -Hace más o menos un año, una mañana de temporal, nos lo encontramos mientras buscábamos una vaca perdida y nos dijo que acababa de enterrar a su perro allí arriba. Se despidió de nosotros porque ya no volvería más, como era habitual hacerlo. Nos señaló donde estaba la tumba, como si pidiese permiso para dejar al animal muerto allí y no lo hemos vuelto a ver.

Juan volvió a participar animosamente. –Lo raro fue que esa noche pudimos ver, desde aquí, una hoguera cercana al lugar donde el perro está enterrado. Pero es algo que no ha vuelto a ocurrir.

Yo no salía de mi estupor, mal ocultado al quedarme callado y boquiabierto. Viéndome así, uno de ellos me preguntó: -¿Se encuentra bien?; si quiere, podemos llevarle a la ciudad.

A pesar de mi perplejidad, pude responder que no hacia falta y tras recibir las indicaciones necesarias para proseguir, agradecí la amabilidad y me fui caminando hasta la carretera. Al alejarme del caserío, surgió espontáneamente una pregunta que hice a viva voz: -¿Estáis recogiendo nueces? No fue necesaria escuchar la respuesta ya que sus risas, mezcladas con la frase "...en primavera...", lo decían todo. Me escondí entre mis hombros, hasta la parada del autobús, que casi estuve a punto de perder al hallarme tan cohibido por los comentarios de aquellos hombres.

 

Ya estoy dentro de la ciudad y mi viaje próximo a finalizar. Recapacito en cómo me encontraba al comenzar esta andadura y pienso en la manera de aprovechar esta historia de amistad para recomponer mi relación con mi novia, recuperar a mi enfadado amigo y decirle a mi jefe que no se preocupe que, si me deja trabajar tranquilo, todo estará listo en fecha.

Me preparo para bajar y me sacudo tierra seca de mi maltrecha ropa, deseando que no ocurra lo mismo con todo lo que acaba de suceder. Para asegurarme de ello, me prometo dos cosas: primero, interpretar la vida de otro modo, a través de la riqueza de las relaciones humanas y, segundo, no olvidar la imagen fugaz de aquel perro que me sacó de mi desesperada situación, guiándome hasta dar con un hombre que me ha hecho reflexionar sobre lo que somos y quisiéramos ser.

Como despedida, miro por última vez por la ventanilla de mi asiento y trato de percibir entre la gente solitaria quien puede llevar la pena de haber perdido a un amigo semejante al de aquel hombre. He aprendido lo incompleto que puede estar nuestro corazón si nunca ha recibido el amor de un perro; incluso, al observar a algunas personas acompañadas por uno, me doy cuenta que aburrida puede ser la imagen de alguien que no esté acompañada por la silueta de uno de estos nobles animales.

Mientras recorro el pasillo del autobús hasta su puerta, tengo el amargo de sabor de una incógnita: ¿cuál sería el nombre del amigo silencioso de aquel extraño hombre que conocí tan misteriosamente?

El camino hasta mi casa me pone de frente al perfil cercano del monte y me pregunto si, alguna noche, desde aquí, seré capaz de ver brillar una hoguera. Para mi consuelo, al menos, tengo la certeza de que allí, dos espíritus disfrutan juntos de la libertad.

El amigo silencioso/4 de 5

Al suavizarse otra vez el camino, vuelvo a mis recuerdos.

-Siempre sentí una sana envidia hacia él- dijo tímidamente -porque veía que él poseía algo que yo no tenía: la certeza de saber para que estaba en este mundo, ya que se dedicaba a lo suyo sin dudas; simplemente lo hacía, sin cuestionamientos, sin importar el esfuerzo, aun con el riesgo de no obtener nada con ello. Su mayor recompensa estaba en el placer de hacerlo.- Miró hacia la techumbre de los árboles, ensangrentada por el resplandor del fuego y como si pudiese ver más allá de ese tejado de hojas, agregó reflexivamente: -¿Cuántos de nosotros podemos tener esa suerte, al menos por una vez, de actuar con la misma convicción?

Mi silencio en aquel momento fue un tácito permiso para que siga hablando. Ahora, de vuelta a mi realidad cotidiana, la lucidez que empleo para recordar todos estos detalles es similar al deseo que sentía por seguir escuchándole.

El hombre suspiró como si hubiese hallado algo que le produjera alivio. Hizo un gesto como para disculparse por haber despachado discurso tan emotivo y, tras una pausa, continuó haciéndome partícipe de sus elucubraciones.

-Supongo que Ud. tendrá un amigo que signifique lo que acabo de expresar, a quien reconocerle el mérito de estar junto a Ud. no sólo para lo bueno sino también para lo malo.

Manifesté mi acuerdo con un movimiento de cabeza y prosiguió: –Y en lo malo no sólo implica ante las circunstancias de la vida, sino ante nuestra imperfección que, en más de una ocasión, no sabemos ocultar.

Volví a reconocerle la exactitud de sus palabras con una sonrisa, demostrándole además, cuán a gusto estaba con la conversación.

Sin embargo, aquel hombre se sentó, como para anticipar su epílogo; sus ojos habían salido de aquella niebla emocional y me dijo: -Tendrá que perdonar que haya pensado en voz alta pero intuyo, por lo que pudo haberle traído hasta aquí, que sabrá interpretar la huella que me ha dejado la compañía de mi amigo y que, espero, pueda servirle para sentirse mejor. Pero eso será a partir de mañana; aún queda bastante fuego y podremos descansar aquí hasta que amanezca.

-Gracias- le respondí. -Sus palabras me han hecho olvidar los sinsabores de mi paseo.

Nos recostamos sobre la hierba y antes de desearnos un buen descanso, me dijo: ¿Sabe?, todo esto que mi amigo me enseñó, lo hizo sin decirme una palabra, sólo con su ejemplo.

Calló y descubrí algo más: qué placentero resulta dormirse mirando el fuego.

 

El autobús frena bruscamente y la maniobra me sacude igual que al despertarme el bullicio de la mañana primaveral amaneciendo, cargada del aroma húmedo del aire. Al recuperar la marcha lentamente, me acuerdo como me invadió el asombro al encontrarme solo en aquel claro del bosque, semicubierto por hojas secas que me protegieron del rocío y sin rastros de aquel hombre. Pero lo que más me dejó perplejo fue ver que la reconfortante hoguera no era un rescoldo agonizante sino un fósil con mucho tiempo de abandono.

Desde aquel lugar pude ver una pequeña aldea y el camino que me llevaba a ella. Comenzaba a cumplirse el dictamen de mi acompañante nocturno que vaticinó como, al día siguiente, vería todo distinto.

Me levanté dolorido, sin distinguir entre los golpes o la incomodidad de haber dormido tendido sobre el terreno. Me dirigí, entonces, hacia el caserío sumido en el mayor desconcierto de mi vida.

El amigo silencioso/3 de 5

-Yo hago algo parecido a lo suyo porque buscar es pasear con un motivo, si es que se hace tranquilamente, sin desesperación. Ud. es un hombre joven y puede que aún no lo vea de este modo pero nos pasamos la vida buscando: éxito, dinero, una casa, un coche, cosas, cuando, en el fondo de la cuestión, lo que deseamos hallar es reconocimiento, cariño.

-De esto último nos damos cuenta generalmente cuando perdemos "algo" muy valioso o la vida nos niega la posibilidad de estar con "eso". No hablo de cosas sino de personas, de seres vivos.

Me llama la atención ver, a través de la ventanilla, las diferentes expresiones de los rostros de la gente, del mismo modo como fue cambiando el rostro de aquel hombre a medida que hablaba, pasando su mirada de mostrarse despierta, pícara, interrogante, a quedarse sin brillo, hueca, introspectiva, ausente.

-Yo también viví siempre en la ciudad- reiteró. – Esto de "pasear con un motivo" me lo enseñó un amigo que hacía de buscar el sentido de su vida. Teníamos eso en común, como lo podría haber tenido con Ud. pero la diferencia estaba en que yo no sabía lo que quería encontrar y él sí.

Escuchando su relato contado en pasado, no fue necesario que aclarase que esa situación compartida había cambiado, que ese amigo ya no estaba con él.

Levantó su mirada del fuego y me observó, viendo que mi actitud ya no era distante sino que había puesto toda mi atención en sus palabras, olvidándome de mi maltrecha condición. Volvió a sumergirse en la danza de la hoguera y prosiguió hablando.

-Un día compré su amistad, por decirlo de algún modo, y le invité a vivir conmigo. Desde aquel momento, nunca nos separamos y aprendimos a convivir. Con el tiempo, comenzó a demostrar su carácter y, con ello, me exigió que, para equilibrar nuestro entendimiento, debía respetarle, como él lo había hecho conmigo desde un primer momento. Así, ambos fuimos sacrificando algo para contentar al otro, si es que queríamos estar juntos.

El autobús entra en un túnel y provoca una pausa del reconfortante calorcillo que me estaba regalando el sol; una fría pausa similar a la que el hombre hizo, como si algo le hubiese cerrado la garganta, oprimiendo su voz. Salimos del túnel y me doy cuenta del impacto que me había causado su relato, ya que lo mantengo perfectamente en mi memoria.

-Pero ese sacrificio personal para mantenernos juntos- continuó –fue mayor por parte de él que de la mía. Me he percatado de ello desde cuando él ya no está conmigo. Y no fue porque me abandonase o marchara tras algo mejor, sino porque tuvo que seguir a aquello que todos tendremos que seguir inevitablemente un día. Además, estoy seguro que lo hizo en contra de su voluntad porque en la despedida hizo algo inusual: derramó una lágrima, llanto que nunca sabré si era por su pena de separarse de mí o por ver como yo me encontraba ante su irremediable adiós.

Al verle cabizbajo, tuve claro que ese extraño estaba descargando el dolor por la pérdida de un amigo, probablemente el más apreciado que tuviese. Me arrepiento de no haber preguntado siquiera cómo se llamaba pero me pareció más oportuno permanecer callado y dar lugar al desahogo de sus palabras.

Levantó la cabeza; su mirada había recobrado brillo pero no de vitalidad, era el de la pena contenida. Intentó recomponerse, evocando algo agradable que le estimuló a seguir contándome su historia.

-Mi amigo me enseñó muchas cosas y, espero, haberle retribuido de igual manera. Antes mencioné que la mejor herencia que tengo de él es haber aprendido a saber qué busco, qué necesito encontrar. Él me lo transmitió siendo simplemente como era: un espíritu libre, ya que se dedicaba exclusivamente a lo que le salía del corazón, a seguir el impulso de sus latidos. Era auténtico, puro y eso es la libertad: ser como se es. Esta última frase me la dijo clavándome su mirada en la mía. Parecía que el fuego había pasado toda su fuerza a su mirada, tratando de convencerme con ello de que no pierda la oportunidad que tenemos, al estar vivos, de ser como somos.

-Era muy hermoso verle metido en su afán de hallar aquello que estimulaba su curiosidad. Ese afán, que no conocía cansancio, sólo tenía un límite: volver para estar juntos. Y esa es su segunda lección: la entrega incondicional que significaba para él la unión de nuestro vínculo, a tal punto que él no dudaba en contraponerse a su instinto, a su esencia, para mantener constante el lazo de nuestra amistad. Su lealtad fue tan grande que ésta se imponía a su sentido de libertad.

Volvió a apartar sus ojos de las llamas, depositándolos sobre los míos y me dijo profundamente: -Es una verdadera lección de amor: dejar de lado los propios intereses para estar con quien se está bien.

Mi pensamiento se interrumpe al pasar el autobús por una obra en la calzada de la carretera, del mismo modo que lo había hecho aquella frase, pronunciada en medio de la noche, bajo el reparo del bosque, sólo iluminado con una hoguera y dicha por alguien que no sabía quien era, ni de donde provenía ni que hacía en ese lugar. Observo a la gente a mi alrededor y recapacito en, incluyéndome, si somos capaces de darnos cuenta del contenido de aquel mensaje.

El amigo silencioso/2 de 5

Mi brazo tropezó con el cuerpo de aquel visitante que se alejó rápidamente, evitando que le tocase, poniendo distancia preventivamente. Eso me dio confianza, me incorporé como para sentarme pero lo hice con mucha dificultad, porque es más fácil decir que no me dolía a tratar de explicar como todo el cuerpo protestaba por su situación.

Tras mis quejosos movimientos, aquel ser se distanció más y quedó pálidamente iluminado por la luna: era un perro, de orejas tan largas que casi se las pisaba a pesar de no tener poca estatura. Me miraba fijamente y su aspecto era casi transparente por la grisácea luz nocturna. Se volvió y entonces descubrí que había aterrizado en un sendero, ya que se alejó unos metros, hasta que volvió a detenerse, miró hacia atrás en mi dirección, quedando esperando como si quisiera que le siguiese.

El autobús se mueve alegremente por la carretera del mismo modo que yo lo hice detrás de aquel perro, una vez que conseguí ponerme de pie sin que un tobillo, una rodilla, la cintura o el cuello no me dijesen que lo hiciera con cuidado.

Seguimos así un tiempo, aunque yo no podía alcanzarle a causa de su rápido paso corto. –Claro, tú tienes cuatro patas y te resulta más fácil moverte- protesté a la vez que trataba de acelerar mis pies ya que el animal, sabiendo que le seguía, iba muy decididamente con un rumbo elegido pero, para mí, incierto. Admito que, del mismo modo que el conductor del autobús, ese perro me llevaba por un camino seguro.

Al poco rato, dobló a la derecha, le imité y ya no volví a verle más. Me sentí nuevamente perdido, a pesar de haber quedado en un claro del bosque muy bien iluminado. Así, hice otro descubrimiento: lo bien que se puede ver de noche tan solo con la luz de la luna.

Vi que tenía dos caminos para elegir y mientras trataba de deducir cuál era el correcto, en el fondo de uno de ellos me pareció ver un resplandor, que llamó mi atención. Pensé que podía ser la luz de una casa y seguí a través de ese sendero.

A medida que avanzaba, aquella luz se volvía más roja y cambiaba de forma, como si un viento inexistente la moviera. Se trataba de una hoguera. Al acercarme, vi que allí había un hombre sentado entretenido con el fuego que, al ruido de mis pasos, dejó su meditación, me miró sin sobresaltó, como si estuviese esperando pero con asombro me preguntó: -¿Qué le ha pasado?

Tuve ganas de contestarle del mismo modo, ya que su apariencia también era muy rara. Tenía el pelo crecido, algo desordenado, y su color rojizo se confundía con el blanco de algunas canas. Tenía la piel curtida, típica de aquellos que pasan mucho tiempo al aire libre. No era un hombre joven, tampoco un anciano. A pesar de estar sentado, pude adivinar que su contextura no era débil, sin llegar a ser muy alto.

Al no obtener respuesta, me miró fijamente un momento, como si adivinase en mis ojos todo lo sucedido y me dijo serenamente: -Venga, siéntese cerca del fuego para calentarse, a ver si consigue sentirse mejor-.

A pesar de que el hombre no mostró señas para desconfiar de él, me senté sin decir palabra y acerqué mis manos al fuego, mirando a mi alrededor para intentar descifrar dónde estaba. Me ofreció algo de beber, con un gesto sin hacer preguntas. Supongo que notaría lo desvalido que me encontraba; entonces, sacó unas nueces del bolsillo del pantalón y me dijo: -Están muy buenas, los acabo de recoger. Acepté su sencilla ofrenda, ya que verla puso en evidencia lo vacío que estaba mi estómago; por lo tanto, aquellas nueces me parecieron un banquete que devoré, callado, observando como los árboles formaban una cúpula natural, pintada de rojo por el fuego, que aumentaba la sensación de abrigo. Excepto la hoguera, allí no había nada que demostrase que ese era un sitio habitado. Aún, después de todo lo ocurrido y mientras sólo deseo llegar a mi casa y reconfortarme con un largo baño caliente, pienso en dónde viviría aquel extraño.

Cuando vio que ya había consumido aquella cena tan natural y mi sucio rostro reflejaba satisfacción, mi silencio fue quebrado por su voz, tranquila pero profunda, como si sus palabras proviniesen de otro lugar y no de sí mismo: -¿Qué estaba haciendo por aquí, antes de que le ocurriese lo que le ha provocado su estado actual?

No tenía ganas de contarle a un extraño por qué había ido a parar a ese lugar, especialmente porque me pareció que le interesa más saber cómo yo había dado con él. –Sólo paseaba, hasta que se hizo de noche y me perdí.- le contesté, creyendo que así contentaría a su curiosidad.

Volvió a meter la mano en el bolsillo, sacó más nueces, como si allí tuviese una provisión interminable. Me las ofreció, me negué con un gesto de haber tenido suficiente y, mientras jugaba con ellas entre las manos, soltó: -Qué suerte haberme encontrado, ¿no? Lo digo porque puedo ayudarle a volver. Ya verá mañana qué sencillo es regresar. Lo que le preocupa hoy, mañana será muy fácil de resolver.

Sus frases más que reconfortarme, me intrigaron porque era evidente que detrás de sus palabras había algo que no podía ni puedo entender ahora que lo recuerdo. Pero no me atrevía a hacerle ninguna pregunta y me limité a responderle con una sonrisa de manifiesto agradecimiento.

Eso pareció animarle a seguir hablando: se recostó de lado, me miró a los ojos y comenzó a hacerlo marcando las frases con una pausa, sin prisa, para compartir algo que llevaba dentro y que quería dejar salir, como sus nueces misteriosamente inagotables.

-Si le he preguntado que hacía antes de llegar no es para meterme en sus cosas sino porque me parece que Ud. no es de aquí; quiero decir, que ni vive ni trabaja en la sierra, por lo tanto, será Ud. de la ciudad.

Recuerdo como sólo asentí con la cabeza, sin pronunciar palabra, ya que me daba cuenta de cómo su perspicacia avanzaba para indagar en mis gestos o para encontrar en mi lastimoso aspecto una prueba del hecho que me había llevado a encontrarle.

-No tema, aquí sólo se pierde él que quiere perderse y no hay forma de pasar inadvertido para la gente que habita estos montes. Por el modo de decirlo, me demostró que él no se consideraba dentro de esas personas.

-Yo tampoco soy de aquí- prosiguió, dejando una pequeño vacío entre su siguiente frase. -Si bien me hallo en este lugar, igual que Ud., siempre he estado en la ciudad; entonces, estará de acuerdo conmigo en que no es usual que nos crucemos justamente aquí.

Estaba claro lo que pretendía pero, del mismo modo que cuando subí al autobús, disimulé mi situación aparentando una normalidad absoluta. Me limité, entonces, a decirle que se trataba de una gran casualidad.

El efecto de mi respuesta avivó más su interés y, ya directamente, sin rasgo de preocupación, dijo: -Me gustaría saber como llegó a encontrarme.

Qué incómodo que me sentí. Rápidamente pensé: -No tengo nada que ocultar, no he hecho nada malo. Sin embargo, opté por no mencionar el suceso del perro que había desapareció tan misteriosamente como me despertó, si es que había quedado inconsciente al caerme.

-Es como si el viento me hubiese empujado hasta aquí- le contesté. Y para ser más convincente, agregué: -No puedo decir que me guió la intuición, ya que es la primera vez en mi vida que hago una caminata por un monte.

-Eso es más que evidente- replicó –no sólo por su estado sino porque el viento se mueve hacia donde Ud. vino. Eso podría ser útil para alguien que, para llegar aquí, utilizase su olfato.

Me sentí el mayor mentiroso del mundo por no mencionar al perro pero mi silencio pretendió corroborar mi argumento.

Lo más extraño de aquel hombre no era su apariencia o el motivo que le retenía allí sino la sensación que transmitía de que él sabía cómo había llegado a encontrarle pero necesitaba confirmarlo. Dibujó una pequeña sonrisa sin malicia, demostrando que, a pesar de mis explicaciones, tenía todo muy claro.

Mientras apoyo la cabeza en el asiento, recuerdo su callada complicidad y como, una vez más, sacó nueces de su bolsillo sin fondo aparente. Esta vez, en lugar de ofrecérmelas, reservó la pequeña ración para sí mismo. Ahora me doy cuenta que, en realidad, estaba preparando el relato con el que siguió hablando.