El amigo silencioso/3 de 5
-Yo hago algo parecido a lo suyo porque buscar es pasear con un motivo, si es que se hace tranquilamente, sin desesperación. Ud. es un hombre joven y puede que aún no lo vea de este modo pero nos pasamos la vida buscando: éxito, dinero, una casa, un coche, cosas, cuando, en el fondo de la cuestión, lo que deseamos hallar es reconocimiento, cariño.
-De esto último nos damos cuenta generalmente cuando perdemos "algo" muy valioso o la vida nos niega la posibilidad de estar con "eso". No hablo de cosas sino de personas, de seres vivos.
Me llama la atención ver, a través de la ventanilla, las diferentes expresiones de los rostros de la gente, del mismo modo como fue cambiando el rostro de aquel hombre a medida que hablaba, pasando su mirada de mostrarse despierta, pícara, interrogante, a quedarse sin brillo, hueca, introspectiva, ausente.
-Yo también viví siempre en la ciudad- reiteró. – Esto de "pasear con un motivo" me lo enseñó un amigo que hacía de buscar el sentido de su vida. Teníamos eso en común, como lo podría haber tenido con Ud. pero la diferencia estaba en que yo no sabía lo que quería encontrar y él sí.
Escuchando su relato contado en pasado, no fue necesario que aclarase que esa situación compartida había cambiado, que ese amigo ya no estaba con él.
Levantó su mirada del fuego y me observó, viendo que mi actitud ya no era distante sino que había puesto toda mi atención en sus palabras, olvidándome de mi maltrecha condición. Volvió a sumergirse en la danza de la hoguera y prosiguió hablando.
-Un día compré su amistad, por decirlo de algún modo, y le invité a vivir conmigo. Desde aquel momento, nunca nos separamos y aprendimos a convivir. Con el tiempo, comenzó a demostrar su carácter y, con ello, me exigió que, para equilibrar nuestro entendimiento, debía respetarle, como él lo había hecho conmigo desde un primer momento. Así, ambos fuimos sacrificando algo para contentar al otro, si es que queríamos estar juntos.
El autobús entra en un túnel y provoca una pausa del reconfortante calorcillo que me estaba regalando el sol; una fría pausa similar a la que el hombre hizo, como si algo le hubiese cerrado la garganta, oprimiendo su voz. Salimos del túnel y me doy cuenta del impacto que me había causado su relato, ya que lo mantengo perfectamente en mi memoria.
-Pero ese sacrificio personal para mantenernos juntos- continuó –fue mayor por parte de él que de la mía. Me he percatado de ello desde cuando él ya no está conmigo. Y no fue porque me abandonase o marchara tras algo mejor, sino porque tuvo que seguir a aquello que todos tendremos que seguir inevitablemente un día. Además, estoy seguro que lo hizo en contra de su voluntad porque en la despedida hizo algo inusual: derramó una lágrima, llanto que nunca sabré si era por su pena de separarse de mí o por ver como yo me encontraba ante su irremediable adiós.
Al verle cabizbajo, tuve claro que ese extraño estaba descargando el dolor por la pérdida de un amigo, probablemente el más apreciado que tuviese. Me arrepiento de no haber preguntado siquiera cómo se llamaba pero me pareció más oportuno permanecer callado y dar lugar al desahogo de sus palabras.
Levantó la cabeza; su mirada había recobrado brillo pero no de vitalidad, era el de la pena contenida. Intentó recomponerse, evocando algo agradable que le estimuló a seguir contándome su historia.
-Mi amigo me enseñó muchas cosas y, espero, haberle retribuido de igual manera. Antes mencioné que la mejor herencia que tengo de él es haber aprendido a saber qué busco, qué necesito encontrar. Él me lo transmitió siendo simplemente como era: un espíritu libre, ya que se dedicaba exclusivamente a lo que le salía del corazón, a seguir el impulso de sus latidos. Era auténtico, puro y eso es la libertad: ser como se es. Esta última frase me la dijo clavándome su mirada en la mía. Parecía que el fuego había pasado toda su fuerza a su mirada, tratando de convencerme con ello de que no pierda la oportunidad que tenemos, al estar vivos, de ser como somos.
-Era muy hermoso verle metido en su afán de hallar aquello que estimulaba su curiosidad. Ese afán, que no conocía cansancio, sólo tenía un límite: volver para estar juntos. Y esa es su segunda lección: la entrega incondicional que significaba para él la unión de nuestro vínculo, a tal punto que él no dudaba en contraponerse a su instinto, a su esencia, para mantener constante el lazo de nuestra amistad. Su lealtad fue tan grande que ésta se imponía a su sentido de libertad.
Volvió a apartar sus ojos de las llamas, depositándolos sobre los míos y me dijo profundamente: -Es una verdadera lección de amor: dejar de lado los propios intereses para estar con quien se está bien.
Mi pensamiento se interrumpe al pasar el autobús por una obra en la calzada de la carretera, del mismo modo que lo había hecho aquella frase, pronunciada en medio de la noche, bajo el reparo del bosque, sólo iluminado con una hoguera y dicha por alguien que no sabía quien era, ni de donde provenía ni que hacía en ese lugar. Observo a la gente a mi alrededor y recapacito en, incluyéndome, si somos capaces de darnos cuenta del contenido de aquel mensaje.
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