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Croniteca

El amigo silencioso/4 de 5

Al suavizarse otra vez el camino, vuelvo a mis recuerdos.

-Siempre sentí una sana envidia hacia él- dijo tímidamente -porque veía que él poseía algo que yo no tenía: la certeza de saber para que estaba en este mundo, ya que se dedicaba a lo suyo sin dudas; simplemente lo hacía, sin cuestionamientos, sin importar el esfuerzo, aun con el riesgo de no obtener nada con ello. Su mayor recompensa estaba en el placer de hacerlo.- Miró hacia la techumbre de los árboles, ensangrentada por el resplandor del fuego y como si pudiese ver más allá de ese tejado de hojas, agregó reflexivamente: -¿Cuántos de nosotros podemos tener esa suerte, al menos por una vez, de actuar con la misma convicción?

Mi silencio en aquel momento fue un tácito permiso para que siga hablando. Ahora, de vuelta a mi realidad cotidiana, la lucidez que empleo para recordar todos estos detalles es similar al deseo que sentía por seguir escuchándole.

El hombre suspiró como si hubiese hallado algo que le produjera alivio. Hizo un gesto como para disculparse por haber despachado discurso tan emotivo y, tras una pausa, continuó haciéndome partícipe de sus elucubraciones.

-Supongo que Ud. tendrá un amigo que signifique lo que acabo de expresar, a quien reconocerle el mérito de estar junto a Ud. no sólo para lo bueno sino también para lo malo.

Manifesté mi acuerdo con un movimiento de cabeza y prosiguió: –Y en lo malo no sólo implica ante las circunstancias de la vida, sino ante nuestra imperfección que, en más de una ocasión, no sabemos ocultar.

Volví a reconocerle la exactitud de sus palabras con una sonrisa, demostrándole además, cuán a gusto estaba con la conversación.

Sin embargo, aquel hombre se sentó, como para anticipar su epílogo; sus ojos habían salido de aquella niebla emocional y me dijo: -Tendrá que perdonar que haya pensado en voz alta pero intuyo, por lo que pudo haberle traído hasta aquí, que sabrá interpretar la huella que me ha dejado la compañía de mi amigo y que, espero, pueda servirle para sentirse mejor. Pero eso será a partir de mañana; aún queda bastante fuego y podremos descansar aquí hasta que amanezca.

-Gracias- le respondí. -Sus palabras me han hecho olvidar los sinsabores de mi paseo.

Nos recostamos sobre la hierba y antes de desearnos un buen descanso, me dijo: ¿Sabe?, todo esto que mi amigo me enseñó, lo hizo sin decirme una palabra, sólo con su ejemplo.

Calló y descubrí algo más: qué placentero resulta dormirse mirando el fuego.

 

El autobús frena bruscamente y la maniobra me sacude igual que al despertarme el bullicio de la mañana primaveral amaneciendo, cargada del aroma húmedo del aire. Al recuperar la marcha lentamente, me acuerdo como me invadió el asombro al encontrarme solo en aquel claro del bosque, semicubierto por hojas secas que me protegieron del rocío y sin rastros de aquel hombre. Pero lo que más me dejó perplejo fue ver que la reconfortante hoguera no era un rescoldo agonizante sino un fósil con mucho tiempo de abandono.

Desde aquel lugar pude ver una pequeña aldea y el camino que me llevaba a ella. Comenzaba a cumplirse el dictamen de mi acompañante nocturno que vaticinó como, al día siguiente, vería todo distinto.

Me levanté dolorido, sin distinguir entre los golpes o la incomodidad de haber dormido tendido sobre el terreno. Me dirigí, entonces, hacia el caserío sumido en el mayor desconcierto de mi vida.

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