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Croniteca

El vecino/1 de 3

El vecino/1 de 3

Entró en la habitación que era toda su casa muy despacio, como si no quisiera importunar al vacío. Pero su buena voluntad pretendía no aumentar las quejas con que sus viejos huesos le azotaban por dentro, amotinados por el frío del día.

Apoyó los cuadros sin enmarcar y le costó convencer a sus manos para que desarticularan su congelada postura, al menos lo suficiente como para soltarlos. A pesar de todo, acertó a cerrar la puerta, más por costumbre que para evitar la entrada del frío. Era igual, su cuerpo no notaba la diferencia entre el gélido gris de afuera y la penumbra de dentro.

Caminó deslizando los pies muy suavemente, sin ningún ruido. Era su forma más ágil de llegar hasta el hornillo donde descansaba el resto de un caldo que le prometía aliviar el hielo que se había enquistado en su cuerpo. Sin embargo, su ánimo permanecía tibio.

-Cuando pase el temporal, algo se venderá- se dijo mientras removía el caldo que, con su aroma, hinchaba su entusiasmo. Los círculos de la cuchara no le ayudaron a recordar cuando fue la última vez que una persona se interesó por los cuadros que le acompañaban desde que había dejado de pintar y que exponía a diario en la calle, cerca de la habitación que era toda su casa en un viejo edificio de pocos vecinos.

Una tos interrumpió el vaivén del utensilio en el caldo.

-La chica de abajo está peor- señaló para convencer a sus huesos que, ni con el buen olor de la sopa, acallaban su ruinoso descontento.

Cuando consiguió que estos dejaran de alborotar y el caldo era sólo un perfume que convertía al cuarto en algo habitable, el silencio de su cuerpo sin molestias le permitió prestar atención al rumor quebradizo de aquella vecina. Sus piernas más entonadas le llevaron, ahora sin arrastrar los pies, escaleras abajo. Golpeó amablemente la puerta anunciándose con su nombre. La tos cesó y una desgajada voz femenina le respondió invitándole a pasar.

La habitación estaba casi a oscuras. Muy despacio se acercó a la cama donde estaba tendida una joven cuyo mal estado no impedía opacar su belleza natural. –La belleza de la juventud- se permitió pensar por un momento el viejo pintor.

-¿Puedo sentarme a su lado? ¿Puedo serle útil? ¿Necesita algo?

La joven le miró dulcemente. -No se moleste, ya nada puede remediarme.

-Nada de eso- soltó el anciano vecino y fingiendo una reprimenda, agregó:

-Tiene esto muy lúgubre. Así su espíritu no puede recobrarse.

Dejando su silla rápidamente, probablemente porque los huesos estaban entretenidos con la sustancia del buen caldo, se acercó a la ventana para correr la cortina que la cubría y sentenció:

-Verá como con un poco más de luz se sentirá mejor.

Tan pronto como el exterior quedó descubierto, el rostro de la joven empalideció más, como si en vez de luz hubiese entrado un frío presagio. Sólo se atrevió a murmurar: –Fíjese en el árbol, cuando pierda todas sus hojas, yo también moriré- murmuró.

El pintor sacudió la tregua de sus huesos, reprochándose la idea de iluminar la habitación. -¿De dónde ha sacado eso?- argumentó. -El árbol no morirá, se dormirá hasta primavera, sólo es eso.

-Mi aliento se va con sus hojas secas. Cuando no quede ninguna, me iré con ellas- insistió, para luego enmudecer, perdida en la contabilidad que hacia del contenido de las ramas sacudidas por el viento.

El viejo pintor no pudo evitar mirar hacia fuera y desear que la ventisca cesara. Se acercó a la joven, le acarició la frente y advirtió la fiebre que le angustiaba más que el número de hojas supervivientes. Con una sonrisa, le insinuó que probara un tazón de su caldo, ese que había complacido a su desvencijada osamenta. Su enferma vecina agradeció y negó con la mirada. Una tos incipiente desarmó su gesto. El anciano le arropó y creyó mejor dejarle descansar.

-Volveré más tarde para servirle el caldo- anunció, despidiéndose. Al acercarse a la puerta, miró hacia la ventana: sólo quedaba una hoja. Sus ojos buscaron a la joven y notó que ella también se había fijado en el mismo detalle: sólo quedaba una hoja. Volvió para ocultar la escena con la cortina y, entonces, la joven pronunció: -Es lo mismo, con el vendaval que hay no sobrevivirá, igual que yo-.

El envejecido pintor, arrepentido de su decisión, fue cubriendo el hueco acristalado mientras observaba como el viento parecía ponerse en su contra y a favor de tan triste expectativa. Súbitamente, el tamborileo de la nieve sobre el oculto ventanal, acentuaba la determinación del temporal. Efectivamente, la Nochebuena se acercaba estremecedoramente impulsada por la tempestad de nieve. Las rachas de viento se colaban con sus silbidos por los rumorosos rincones del edificio que, en lugar de provocar la vigilia, sólo acentuaba su escasez: el edificio dormía, refugiándose, como un caracol en sí mismo, escapando de antiguos temores que intentaban confundirse con el sueño anticipado de los vecinos, una sorda táctica parecida a una liturgia torpe que pretendía invocar la pronta despedida de esos huéspedes no deseados, cuya presencia no había manera de evitar. Así, nadie prestó atención a los quejumbrosos huesos del pintor ni al débil y constante carraspeo de la joven enferma.

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