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El amigo silencioso/5 de 5

El pequeño poblado estaba rodeado por fincas muy cuidadas que reflejaban el buen trabajo de sus habitantes. Ahora, mirando por la ventanilla del autobús, mientras se adentra en la ciudad atravesando esa zona indefinible, mezcla de lo urbano y lo rural, me invade la nostalgia por dejar un mundo que me hizo ver las profundas diferencias existentes con el que estoy acostumbrado a deambular y que me hacen añorar lo que he dejado atrás.

El recuerdo del encuentro con los lugareños me produce una leve sonrisa, ya que al atravesar las huertas y los campos donde, a pesar de lo temprano que era, ya estaban trabajando, provoqué tal efecto que les hizo abandonar sus tareas a causa de mi apariencia. Me dirigí al que estaba más próximo a mi senda y saludándole con naturalidad, le pregunté si tenía que caminar mucho para llegar hasta la carretera que me llevase a la ciudad. Se acercó y me respondió con otra pregunta: -¿No necesita Ud. otro tipo de ayuda?

Me miré, me apoyé en un cerco para aliviar mi propia carga y le dije: -Bueno, ya que es tan amable, ¿tendrá algo que me sirva de desayuno?

Llamó a otro hombre de nombre Juan y su voz resonó en la hondura donde se asienta el pueblo, en medio de la serranía. Por supuesto, no sólo se acercó Juan sino una media docena más de aldeanos, aportando cada uno algo de beber o de comer. Me quedé con lo se parecía más a mi acostumbrada manera de salir del ayuno matinal y, mientras me ocupaba de meterlo en el cuerpo, mi anfitrión me preguntó algo que me pareció escuchar la noche anterior: -¿Qué hace Ud. por aquí?

Esta vez opté por ser discreto sin salirme de la verdad y respondí abiertamente: -Ayer estaba muy agobiado por mi trabajo y necesitaba un descanso. Me pareció que lo más indicado para ello era dar un paseo y decidí hacerlo por el monte, ya que vivo en la ciudad. Como es la primera vez que lo hago, no calculé bien el recorrido, se hizo de noche y me perdí. Al amanecer, fue sencillo dar con el pueblo pero no sé como volver a la ciudad desde aquí.

Todos se miraron, cómplices para juzgar mi torpeza y el paisano llamado Juan dijo alegremente: -Pues tuvo suerte, a juzgar por el estado en que ha llegado. Especialmente porque por allí arriba no hay nadie excepto nosotros cuando es temporada de caza.

Aún no sé como pude disimular mi estupor al oír que en lo alto de la sierra nunca hay nadie. Reaccioné, para desatar mi curiosidad mezclada con el asombro, preguntando: -¿Cómo puede ser que nadie ni siquiera pasee por un lugar con tan buen paisaje?

El hombre que había llamado a Juan tomó la iniciativa para responder. –Tenemos la suerte de que aquello sólo sea un lugar para conejos, zorros y jabalíes, aunque hubo un tiempo que un hombre y su perro acostumbraban a andar por allí los fines de semana.

El resto de los vecinos asintieron y Juan, de evidente talante jovial, agregó: -¿A quién se le puede ocurrir tener un sabueso en la ciudad? Pues, a ese hombre se le había antojado ese perro, "por lo bonito", como nos explicó la primera vez que lo encontramos, esperándolo mientras el animal se desahogaba tras un rastro.

-Pero, Juan,- intervino otro de los paisanos –admitamos que el perro era muy bueno en lo suyo, con ese ladrido que llenaba el monte, aunque el dueño fuese un inútil para emplearlo.

Juan siguió con sus comentarios con más respeto. –Es verdad; lo cierto es que estábamos todos deseando que el hombre apareciese los domingos de caza para disfrutar del perro.

-No crea Ud.- dijo mi primer interlocutor –que nos reímos de los que vienen de la ciudad. Nosotros establecimos un acuerdo con aquel hombre: él paseaba dentro del coto, durante la casería, y nosotros nos beneficiábamos de los rastros que el sabueso marcaba. Así, él disfrutaba mucho de ver a su perro desarrollar su instinto de aquella manera.

Todos quedaron callados. Apresuré el fin de la generosa vianda y me atreví a preguntar: -¿Y qué ha sido de ellos?

Uno que no había dicho nada hasta el momento, respondió: -Hace más o menos un año, una mañana de temporal, nos lo encontramos mientras buscábamos una vaca perdida y nos dijo que acababa de enterrar a su perro allí arriba. Se despidió de nosotros porque ya no volvería más, como era habitual hacerlo. Nos señaló donde estaba la tumba, como si pidiese permiso para dejar al animal muerto allí y no lo hemos vuelto a ver.

Juan volvió a participar animosamente. –Lo raro fue que esa noche pudimos ver, desde aquí, una hoguera cercana al lugar donde el perro está enterrado. Pero es algo que no ha vuelto a ocurrir.

Yo no salía de mi estupor, mal ocultado al quedarme callado y boquiabierto. Viéndome así, uno de ellos me preguntó: -¿Se encuentra bien?; si quiere, podemos llevarle a la ciudad.

A pesar de mi perplejidad, pude responder que no hacia falta y tras recibir las indicaciones necesarias para proseguir, agradecí la amabilidad y me fui caminando hasta la carretera. Al alejarme del caserío, surgió espontáneamente una pregunta que hice a viva voz: -¿Estáis recogiendo nueces? No fue necesaria escuchar la respuesta ya que sus risas, mezcladas con la frase "...en primavera...", lo decían todo. Me escondí entre mis hombros, hasta la parada del autobús, que casi estuve a punto de perder al hallarme tan cohibido por los comentarios de aquellos hombres.

 

Ya estoy dentro de la ciudad y mi viaje próximo a finalizar. Recapacito en cómo me encontraba al comenzar esta andadura y pienso en la manera de aprovechar esta historia de amistad para recomponer mi relación con mi novia, recuperar a mi enfadado amigo y decirle a mi jefe que no se preocupe que, si me deja trabajar tranquilo, todo estará listo en fecha.

Me preparo para bajar y me sacudo tierra seca de mi maltrecha ropa, deseando que no ocurra lo mismo con todo lo que acaba de suceder. Para asegurarme de ello, me prometo dos cosas: primero, interpretar la vida de otro modo, a través de la riqueza de las relaciones humanas y, segundo, no olvidar la imagen fugaz de aquel perro que me sacó de mi desesperada situación, guiándome hasta dar con un hombre que me ha hecho reflexionar sobre lo que somos y quisiéramos ser.

Como despedida, miro por última vez por la ventanilla de mi asiento y trato de percibir entre la gente solitaria quien puede llevar la pena de haber perdido a un amigo semejante al de aquel hombre. He aprendido lo incompleto que puede estar nuestro corazón si nunca ha recibido el amor de un perro; incluso, al observar a algunas personas acompañadas por uno, me doy cuenta que aburrida puede ser la imagen de alguien que no esté acompañada por la silueta de uno de estos nobles animales.

Mientras recorro el pasillo del autobús hasta su puerta, tengo el amargo de sabor de una incógnita: ¿cuál sería el nombre del amigo silencioso de aquel extraño hombre que conocí tan misteriosamente?

El camino hasta mi casa me pone de frente al perfil cercano del monte y me pregunto si, alguna noche, desde aquí, seré capaz de ver brillar una hoguera. Para mi consuelo, al menos, tengo la certeza de que allí, dos espíritus disfrutan juntos de la libertad.

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