El vecino/2 de 3
Una vez más la luz disolvió la oscuridad, aunque nadie lo advirtió hasta que los fantasmas del temporal fueron reemplazados por un ir y venir de pasos en la escalera y el aullido urgente de una ambulancia que se apagó precisamente en el portal del edificio. La joven de la planta baja se despertó sin reparar en la ausencia de su tos. Estaba más atenta al traqueteo de la escalera y al vehículo que mantenía su motor en marcha afuera. De pronto, recordó la hoja, la única que quedaba ayer por la tarde. Su gesto cambió tan rápido como cuando la niebla se adueña de una montaña. Su incertidumbre ya no era por lo pasaba detrás de la puerta de su habitación: estaba depositada en aquello que podría encontrar del otro lado de la ventana. Mejor dicho, en aquello que no podría encontrar.
Salió de la cama, se cubrió con una manta y se enfrentó a la cortina desplegada. Se aferró a ella con una mano sin deslizarla; estaba más cerca del ruego que de la duda. Bruscamente, apartó el burdo telón y quedó enceguecida por la transparente luz de la mañana reflejada en la nieve amontonada junto a su ventanal, cubriendo el callejón que la separaba del árbol desnudo, casi pegado al paredón vecino. A pesar del deslumbramiento, sus ojos no parpadearon. A medida que el velo luminoso fue desvaneciéndose, la escena fue cada vez más evidente: allí estaba el raquítico árbol. Sólo competía con el diáfano día el brillo dorado de la hoja que no había claudicado ante la tormenta. La joven exhaló un breve gemido de alivio que se convirtió en una sonrisa. Pero una sombra se le antepuso: -Pronto caerá- pensó amargamente y volvió a acostarse.
Pasó el día atendiendo hipnóticamente a la persistente hoja. Si la debilidad le vencía, despertaba súbitamente para calmarse al encontrarse con la fiel compañía de esa frugal vecina. Por la tarde, sin abandonar su vigilancia, recordó al vecino pintor y, sólo por un momento, instintivamente, su mirada buscó el tazón de caldo que le había dejado. Sentía hambre. Lo calentó y bebió lentamente para no perder de vista a la hoja. Poco a poco, fue sintiéndose reconfortada. Hacia tiempo que esa sensación no era suya. Nuevamente su pensamiento preguntó por el anciano de arriba. Con esa nueva incertidumbre, advirtió como ya casi no quedaba luz fuera. La hoja que se aferraba a la vida era casi invisible. La tapó con la cortina y reconoció que, a pesar de su nefasto presagio, se sentía mejor, con deseos de descansar, de alejarse de ese pronóstico adverso. Finalmente, se durmió apaciblemente después de festejar esa fría pero luminosa Navidad con un tazón de buen caldo y la compañía de una resplandeciente hoja dorada.
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