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Croniteca

El amigo silencioso/1 de 5

El amigo silencioso/1 de 5

Me siento en la parte trasera del autobús para estar seguro de no llamar la atención y dejar de sentirme profundamente ridículo, no tanto por mi apariencia sino por como la había adquirido.

Acurrucándome en el rincón derecho, comienzo a relajarme y, mirando por la ventanilla sin horizonte fijo, trato de recordar como me sentía 24 horas atrás, ya que, en este momento, mi estado de ánimo era muy diferente, vergüenza aparte.

Ayer por la mañana estaba peleado con el mundo: un trabajo extra que estaba haciendo, se había vuelto agobiante; obligado a terminarlo contra reloj, se le sumaban 2 días de mal dormir y peor comer, situación que, en lugar de favorecer, empeoraba mi crispación con todo y con todos.

Estaba enfadado con mi novia que no comprendía el esfuerzo que estaba realizando ante este encargo de mi jefe hecho en forma personal; mi mejor amigo, en vez de apoyarme, me riñó por darle demasiada importancia a algo que sólo es material; además, mi jefe, viendo mi predisposición a dar lo mejor de mí para llegar a buen término, aprovechaba para sumar más detalles al proyecto que debíamos entregar en 48 horas. Así, incapaz de tener las cosas en su lugar, fui perdiendo el control y mi capacidad de trabajo fue desvaneciéndose hasta abandonarme, dejándome improductivo, enojado conmigo mismo e imposibilitado de entender por qué las personas más cercanas afectivamente estaban molestas conmigo. Viéndome en un foso sin salida, atiné a encender el televisor para conseguir que cualquier cosa borrase mis amargos pensamientos que, en realidad, era uno solo: querer acabar el trabajo pero sin saber cómo.

Mientras imágenes y sonidos pasaban delante de mí, me llamó la atención un anuncio publicitario de un lugar de montaña que supuestamente ofrecía un sitio idóneo para el descanso. –Eso es lo que necesito- exclamé en ese momento. Ahora, mientras ya he dejado de estar pendiente de mi aspecto que dejó tan perplejo al pasaje del autobús, me río interiormente, pensando cuán desquiciado estaba para haber decidido en ese momento seguir el ejemplo de la propaganda y, sin más y con lo puesto, salir caminando muy entusiasmo hacia la sierra cercana a la ciudad con la convicción de que así renovaría mis fuerzas.

A pesar de la subida permanente del camino, mis ánimos no flaquearon: el sol del mediodía, tibio con la primavera cercana, se mantenía frente a mí y me guiaba hacia el interior de la pequeña pero abrupta serranía. Me refrescaba en las fuentes que encontraba en el camino, alejado de la carretera principal, para entretenerme con la algarabía de los pájaros y dejarme seducir por el perfume de la tierra aún húmeda por el rocío matinal. Para asegurar mi paso, me adueñé de una rama, perfecta para usarla como bastón. Recordando esto, compruebo otra vez, lo fuera que estaba de la realidad para actuar como lo que hice, ya que era la primera vez que me metía en semejante excursión a un lugar que no conocía, ya que jamás había salido de la ciudad, excepto para ir a otra.

Desvío mi mirada de la ventanilla hacia el interior del autobús y descubro a una señora ya mayor se había dado la vuelta para mirarme, con algo de compasión en sus ojos. Le sonrío y le hago un ademán para demostrarle que estoy bien para que no se preocupe por mí. No es para menos: tengo raspaduras en el rostro, mis manos estaban arañadas por la maleza, la ropa, además de húmeda, está rasgada en varias partes; en fin, estoy sucio de tierra y hierba; pero supongo que lo más sorprendente para los pasajeros es que tenía dinero para pagar el viaje.

La tarde anterior mi aspecto aún no había sufrido tal transformación. Durante toda la caminata, sólo tenía un pensamiento, una meta: llegar al punto más alto del monte y tenía que ser ese día. Lo conseguí al promediar la tarde y me encontraba tan feliz que no existía ni el hambre o ni la sed. La ausencia de viento permitía disfrutar de los colores del atardecer sobre el mar, no tan lejano desde esa altura, con la ciudad casi a mis pies, rodeado de una soledad llena de pájaros, flores primerizas y por un tiempo que parecía detenido en aquel estanque enrojecido por la despedida del sol.

Advertí, de repente, que estaba anocheciendo. Con las primeras estrellas, fue desapareció el encanto que me había secuestrado y regresé a mis agobios, aumentados ahora porque dudaba si sabría encontrar el camino de regreso.

Comparo esa situación con la actual, en la calidez del autobús, con la fría caricia de la noche que inevitablemente me fue cubriendo. Para infundirme valor, me dije: -Siempre es más fácil bajar que subir. La rama que oficiaba de bastón era una guía perfecta: con ella evité pedruscos, bajé desniveles, pude pasar sin tropiezos un pequeño arroyo; de ese modo, fui ganando confianza y el hambre fue estimulando el paso, haciéndome olvidar de las precauciones. En realidad, no tenía idea de dónde estaba pero como mantenía la sensación de descender, seguro que así llego a la carretera y algún coche me recogerá para llevarme a la ciudad, pensé. Paulatinamente, mis pies se trababan con arbustos, ramas me daban en el rostro o una rodilla se golpeaba con algún tronco.

De pronto, mi improvisado bastón no encontró apoyo y, al no soltarlo, me arrastró detrás de él; sentí como caía, hasta golpearme de lado contra algo sobre lo que rodé, a pesar de que arbustos y piedras querían detenerme.

Nunca sabré cuanto duró mi avalancha. En medio de la oscuridad y sintiendo como mi cuerpo era golpeado y lastimado, eso me pareció eterno. Pero, tan súbitamente como había comenzado, acabó: quedé tendido de espaldas y mis manos pudieron advertir la alfombra de hierba mojada sobre la que había quedado tumbado. No tuve voluntad de incorporarme y, ahora, mirando al vacío a través de la ventanilla, puedo recordar como cerré los ojos deseando dormir para despertarme en mi cama, pretendiendo con ello que esa pesadilla quedase atrás.

El ruido del tráfico me secuestra del recuerdo, del mismo modo que aquella noche algo más suave y sin sacudirme, me devolvió lentamente a la realidad de mi desventura. Podía oír una respiración, olfateándome, que se acercaba muy despacio hacia mi cara. Sentí miedo porque aquello no me pareció humano y vaya a saber que alimaña nocturna comenzaba a reconocerme como una presa. Sentí un sudor muy frío en mi cuerpo. Sin embargo, el temor fue cediendo al advertir que aquella presencia sin identificar estaba tratando de saber qué era lo que había encontrado. No sé como se me ocurrió levantar una mano para tantear a mi invisible vecino; mientras, mis ojos se acostumbraban a la oscuridad que contrastaba con los retazos de luz de luna que se escurría por entre los árboles.

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