Blogia
Croniteca

El amigo silencioso/2 de 5

Mi brazo tropezó con el cuerpo de aquel visitante que se alejó rápidamente, evitando que le tocase, poniendo distancia preventivamente. Eso me dio confianza, me incorporé como para sentarme pero lo hice con mucha dificultad, porque es más fácil decir que no me dolía a tratar de explicar como todo el cuerpo protestaba por su situación.

Tras mis quejosos movimientos, aquel ser se distanció más y quedó pálidamente iluminado por la luna: era un perro, de orejas tan largas que casi se las pisaba a pesar de no tener poca estatura. Me miraba fijamente y su aspecto era casi transparente por la grisácea luz nocturna. Se volvió y entonces descubrí que había aterrizado en un sendero, ya que se alejó unos metros, hasta que volvió a detenerse, miró hacia atrás en mi dirección, quedando esperando como si quisiera que le siguiese.

El autobús se mueve alegremente por la carretera del mismo modo que yo lo hice detrás de aquel perro, una vez que conseguí ponerme de pie sin que un tobillo, una rodilla, la cintura o el cuello no me dijesen que lo hiciera con cuidado.

Seguimos así un tiempo, aunque yo no podía alcanzarle a causa de su rápido paso corto. –Claro, tú tienes cuatro patas y te resulta más fácil moverte- protesté a la vez que trataba de acelerar mis pies ya que el animal, sabiendo que le seguía, iba muy decididamente con un rumbo elegido pero, para mí, incierto. Admito que, del mismo modo que el conductor del autobús, ese perro me llevaba por un camino seguro.

Al poco rato, dobló a la derecha, le imité y ya no volví a verle más. Me sentí nuevamente perdido, a pesar de haber quedado en un claro del bosque muy bien iluminado. Así, hice otro descubrimiento: lo bien que se puede ver de noche tan solo con la luz de la luna.

Vi que tenía dos caminos para elegir y mientras trataba de deducir cuál era el correcto, en el fondo de uno de ellos me pareció ver un resplandor, que llamó mi atención. Pensé que podía ser la luz de una casa y seguí a través de ese sendero.

A medida que avanzaba, aquella luz se volvía más roja y cambiaba de forma, como si un viento inexistente la moviera. Se trataba de una hoguera. Al acercarme, vi que allí había un hombre sentado entretenido con el fuego que, al ruido de mis pasos, dejó su meditación, me miró sin sobresaltó, como si estuviese esperando pero con asombro me preguntó: -¿Qué le ha pasado?

Tuve ganas de contestarle del mismo modo, ya que su apariencia también era muy rara. Tenía el pelo crecido, algo desordenado, y su color rojizo se confundía con el blanco de algunas canas. Tenía la piel curtida, típica de aquellos que pasan mucho tiempo al aire libre. No era un hombre joven, tampoco un anciano. A pesar de estar sentado, pude adivinar que su contextura no era débil, sin llegar a ser muy alto.

Al no obtener respuesta, me miró fijamente un momento, como si adivinase en mis ojos todo lo sucedido y me dijo serenamente: -Venga, siéntese cerca del fuego para calentarse, a ver si consigue sentirse mejor-.

A pesar de que el hombre no mostró señas para desconfiar de él, me senté sin decir palabra y acerqué mis manos al fuego, mirando a mi alrededor para intentar descifrar dónde estaba. Me ofreció algo de beber, con un gesto sin hacer preguntas. Supongo que notaría lo desvalido que me encontraba; entonces, sacó unas nueces del bolsillo del pantalón y me dijo: -Están muy buenas, los acabo de recoger. Acepté su sencilla ofrenda, ya que verla puso en evidencia lo vacío que estaba mi estómago; por lo tanto, aquellas nueces me parecieron un banquete que devoré, callado, observando como los árboles formaban una cúpula natural, pintada de rojo por el fuego, que aumentaba la sensación de abrigo. Excepto la hoguera, allí no había nada que demostrase que ese era un sitio habitado. Aún, después de todo lo ocurrido y mientras sólo deseo llegar a mi casa y reconfortarme con un largo baño caliente, pienso en dónde viviría aquel extraño.

Cuando vio que ya había consumido aquella cena tan natural y mi sucio rostro reflejaba satisfacción, mi silencio fue quebrado por su voz, tranquila pero profunda, como si sus palabras proviniesen de otro lugar y no de sí mismo: -¿Qué estaba haciendo por aquí, antes de que le ocurriese lo que le ha provocado su estado actual?

No tenía ganas de contarle a un extraño por qué había ido a parar a ese lugar, especialmente porque me pareció que le interesa más saber cómo yo había dado con él. –Sólo paseaba, hasta que se hizo de noche y me perdí.- le contesté, creyendo que así contentaría a su curiosidad.

Volvió a meter la mano en el bolsillo, sacó más nueces, como si allí tuviese una provisión interminable. Me las ofreció, me negué con un gesto de haber tenido suficiente y, mientras jugaba con ellas entre las manos, soltó: -Qué suerte haberme encontrado, ¿no? Lo digo porque puedo ayudarle a volver. Ya verá mañana qué sencillo es regresar. Lo que le preocupa hoy, mañana será muy fácil de resolver.

Sus frases más que reconfortarme, me intrigaron porque era evidente que detrás de sus palabras había algo que no podía ni puedo entender ahora que lo recuerdo. Pero no me atrevía a hacerle ninguna pregunta y me limité a responderle con una sonrisa de manifiesto agradecimiento.

Eso pareció animarle a seguir hablando: se recostó de lado, me miró a los ojos y comenzó a hacerlo marcando las frases con una pausa, sin prisa, para compartir algo que llevaba dentro y que quería dejar salir, como sus nueces misteriosamente inagotables.

-Si le he preguntado que hacía antes de llegar no es para meterme en sus cosas sino porque me parece que Ud. no es de aquí; quiero decir, que ni vive ni trabaja en la sierra, por lo tanto, será Ud. de la ciudad.

Recuerdo como sólo asentí con la cabeza, sin pronunciar palabra, ya que me daba cuenta de cómo su perspicacia avanzaba para indagar en mis gestos o para encontrar en mi lastimoso aspecto una prueba del hecho que me había llevado a encontrarle.

-No tema, aquí sólo se pierde él que quiere perderse y no hay forma de pasar inadvertido para la gente que habita estos montes. Por el modo de decirlo, me demostró que él no se consideraba dentro de esas personas.

-Yo tampoco soy de aquí- prosiguió, dejando una pequeño vacío entre su siguiente frase. -Si bien me hallo en este lugar, igual que Ud., siempre he estado en la ciudad; entonces, estará de acuerdo conmigo en que no es usual que nos crucemos justamente aquí.

Estaba claro lo que pretendía pero, del mismo modo que cuando subí al autobús, disimulé mi situación aparentando una normalidad absoluta. Me limité, entonces, a decirle que se trataba de una gran casualidad.

El efecto de mi respuesta avivó más su interés y, ya directamente, sin rasgo de preocupación, dijo: -Me gustaría saber como llegó a encontrarme.

Qué incómodo que me sentí. Rápidamente pensé: -No tengo nada que ocultar, no he hecho nada malo. Sin embargo, opté por no mencionar el suceso del perro que había desapareció tan misteriosamente como me despertó, si es que había quedado inconsciente al caerme.

-Es como si el viento me hubiese empujado hasta aquí- le contesté. Y para ser más convincente, agregué: -No puedo decir que me guió la intuición, ya que es la primera vez en mi vida que hago una caminata por un monte.

-Eso es más que evidente- replicó –no sólo por su estado sino porque el viento se mueve hacia donde Ud. vino. Eso podría ser útil para alguien que, para llegar aquí, utilizase su olfato.

Me sentí el mayor mentiroso del mundo por no mencionar al perro pero mi silencio pretendió corroborar mi argumento.

Lo más extraño de aquel hombre no era su apariencia o el motivo que le retenía allí sino la sensación que transmitía de que él sabía cómo había llegado a encontrarle pero necesitaba confirmarlo. Dibujó una pequeña sonrisa sin malicia, demostrando que, a pesar de mis explicaciones, tenía todo muy claro.

Mientras apoyo la cabeza en el asiento, recuerdo su callada complicidad y como, una vez más, sacó nueces de su bolsillo sin fondo aparente. Esta vez, en lugar de ofrecérmelas, reservó la pequeña ración para sí mismo. Ahora me doy cuenta que, en realidad, estaba preparando el relato con el que siguió hablando.

0 comentarios