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Croniteca

El vecino/3 de 3

Despertó sin sobresalto pero con una sorpresa: un pájaro canturreaba algo incomprensible detrás de la cortina. Esta vez con tranquilidad, la corrió sin temor. Sabía lo que encontraría: la nieve que el frío protegía y al árbol, con su esqueleto de brazos abiertos; en uno, un pájaro posado, en otro una hoja aferrada. La joven rió y dio un jubiloso giro sobre sí misma. Pero unos pasos en la escalera, interrumpieron su euforia. –Es mi amigo pintor- pronunció interiormente. Corrió hasta la puerta y al abrirla se encontró con la señora encargada de la limpieza, quien le miró con tanta sorpresa como la de ella al no encontrar al anciano.

-¿Qué hace Ud. aquí?- dijo la joven decepcionada por no hallar lo que buscaba.

La mujer le miró comprensivamente porque sabía de su enfermedad y se limitó a responder amablemente: -Señorita, Ud. bien lo sabe... Y tenga buen día- finalizó para proseguir con su labor.

Pero la desilusión volvió a interrogar: -¿Y el pintor, por qué no está aquí?

La limpiadora pacientemente abandonó sus trastos, se acercó a la joven y mirándole con dulzura le contó:

-El pintor murió ayer. Le encontraron recostado junto a la puerta de su habitación, al borde de la escalera. Fue muy extraño, estaba muy frío. En los bolsillos de su abrigo sobresalían unos pinceles y algunos tubos de pintura. Sin embargo, su rostro estaba en paz, casi con una sonrisa.

La joven, sorprendida y apesadumbrada a la vez, agradeció la explicación con un gesto y regresó a su habitación. Al cerrar la puerta, quedó enfrentando la ventana. Repentinamente, se llevó las manos a la boca para sofocar un grito. Acababa de descubrir lo ocurrido: afuera, la gélida brisa movía las delgadas ramas del árbol. Sólo la hoja permanecía impasible. Era la última obra del viejo pintor.

 

Sólo he querido acercaros esta versión respetuosamente adaptada por mí de un cuento de O. Henry, seudónimo de William Sydney Porter, un maestro de los relatos breves. Tanto como si lo conocieseis o no, me ha parecido oportuno que lo disfrutaseis, por su referencia simbólica a la solidaridad humana, representada, en este caso, por un vecino pero que bien podría ser a través de un amigo, un compañero de trabajo. Que sirva esta historia para recordarnos cómo somos, quiénes nos rodean, la necesidad afectiva que tenemos y el valor que posee el disponer de esas personas.

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