Sin asunto
Ya lleva un buen rato el cuerpo pidiéndole salir de la cama. Resiste pero no tiene voluntad para contradecirle. Hubiese preferido permanecer como antes de despertar: inerte, inmune a esa sensación de sentirse inerme. Por eso se inquieta, algo le está asediando. No puede reconocerlo, desconoce por qué le persigue.
Finalmente, obedece a aquel mandato. Va hacia el baño y se lava la cara. Tampoco entiende por qué lo hace: odia esa bofetada fría en el rostro; rápidamente, levanta la cabeza para escurrirse de esa húmeda sacudida de la realidad. Así es como tropieza consigo mismo que se sorprende al verle desde el espejo. Baja la mirada, no puede sostenerla ante esos ojos huecos, desnudos. Nunca es fácil ver el propio abismo.
Pero también se defiende: tampoco tienen derecho a mirarle de ese modo. No hay nada peor que sentir la propia compañía como algo insoportable. No advierte que le perturba ser incapaz de disfrutar la oportunidad inmanente de estar bien... de ser.
Vuelve tras sus pasos. No habrá desayuno, sólo se atiborrará con el techo de un dormitorio pintado por la matinal bruma esclarecida de la noche que, inevitablemente, se derrumbará en la hondura de la siguiente. Es un día sin tiempo, de niebla donde vagan ausencias, pérdidas, desencuentros, deshojados recuerdos de otros días, luminosos unos, de borrascas otros.
Se traiciona y sucumbe ante el rito de invocar. Errantes, las súplicas se vuelven mudos gritos disueltos en la inmensidad del océano de la memoria. Insiste: reclama por aquellas jornadas que ha disfrutado, conjura el exilio definitivo de las tempestades que ha provocado.
-¿Por qué recuerdo todo esto?- se dice atado a un rincón de la habitación. Desde aquél vértice, ve como va asomando un universo lejano: el terruño añorado del que todos provenimos, donde se gesta un futuro que sólo servirá para tener un momento como hoy, un instante de nuestro tiempo gastado en pretender volver a él, a la infancia, época en que los sueños no se adelantan, se viven a la par que acontece el presente.
Su mirada vuelve atrás, a aquel impreciso día cuando comenzó a construir el mañana, sin imaginar que estaba dejando de ser niño. Así inició su partida de esa aldea natal a la que nunca volvería. Por eso, ahora, su corazón se desgarra para cambiar el rumbo; atropelladamente, intenta ese retorno para recuperar aquel reino que dispuso a su aparente antojo y que sólo le ha valido para ser esclavo de su recuerdo.
-Nada es como pensé que fuese- se reprocha... y se equivoca. Todo cuanto es de adulto se parece a lo que fue antes de serlo. Aquello que tiene o que ha desperdiciado es porque aquel niño, un segundo antes de ponerse a pensar en cómo sería cuando dejase atrás la infancia, muy probablemente, hubiese actuado de la misma manera que él, ya crecido. Sus motivos siguen siendo los mismos; cambian las circunstancias, los medios. Los aciertos se repiten, los errores se parecen. -Todos corremos detrás de lo que necesitamos y escapamos de lo que nos asusta- murmura en silencio.
-Sigo teniendo ese derecho-se consuela susurrante-: a intentar. Pero ahora, protagonista voluntario de sus actos, nada le exime de corregir lo que ha errado. Lo sabe, no hace falta que nadie se lo diga. Cuán duro le resulta ser sometido al propio juicio de las decisiones fallidas, de los daños provocados, más cuando aún alberga la sombra de un niño desterrado de su patria original empujado por hechos de los que no ha sido dueño.
Siente frío. La destemplanza del paisaje gris se ha metido en su cuerpo. Es un antiguo rocío que amortaja su alma. Le ha invadido el remordimiento de los errores, de aquellos que el niño no hubiese cometido sino hubiese sido un cachorro desprotegido que se acercaba a su indiferente dueño, no por el aspecto sino buscando su gesto.
Cierra los ojos como si quisiera con los párpados borrar las imágenes de las carencias y las equivocaciones; implorando que su bajar y subir sea una mágica caricia que devuelva con su paso los colores a los grises, la sonrisa a los llantos derramados, el tacto de los abrazos lejanos... las alas al espíritu quebrado.
Siente un trago inverso en la garganta. Algo quiere salir y no puede: un grito recóndito de sentimientos ahogados. Se le ensancha la mirada buscando una lágrima que no encuentra. La pena se convierte en un cerco del que no puede escapar. Se revuelve, gime. Dolorosamente, el hombre ha vuelto a ser niño. Ha recuperado, al menos, su identidad aunque no pise su suelo. Su aliento agitado trata de atrapar el aire que le tranquilice. Lánguidamente, su congoja suspira. -Todos han pasado, pasan y pasarán por esto- arbitra.
La calma seduce a la tormenta. Cabizbajo, se sienta en el borde de la cama. La ventana no dibuja nada, excepto un fantasma que flota afuera.
-No quiero verme así, perdido- pronuncia ante su reflejo. Ya no soy un niño-admite-, todo el mundo se equivoca... –se consiente arrepentido-; si puedo flotar en esta niebla, también puedo salir de ella. No quiero sentirme así, ni tan bueno ni tan malo... soy como cualquiera, con derecho a la misma cuota de cariño y capaz de pagar por ella con lo que llevo dentro... yo también valgo...
Se acerca a la ventana y apoya la mano en el cristal donde se ha hundido su fantasma, retornando al mundo que lo ha creado. Sus dedos sienten el frío de fuera. Una señal que contrasta con el calor de su vida.
La bruma de dentro se disuelve. Se da la vuelta y se sienta frente a una mesa. Vuelve a mirar hacia la ventana. La luz gris permanece y no cambiará hasta que anochezca. Eso ya no le inquieta. Le es suficiente con que sea su alma quien se despeja. Entonces, escribe:
PARA: A todo cuanto tengo y quiero
ASUNTO: ...sin asunto...
Y retorna a sí mismo, satisfecho de su encuentro... con lo que es, no con lo que debería haber sido.