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Croniteca

Sin asunto

Sin asunto

Ya lleva un buen rato el cuerpo pidiéndole salir de la cama. Resiste pero no tiene voluntad para contradecirle. Hubiese preferido permanecer como antes de despertar: inerte, inmune a esa sensación de sentirse inerme. Por eso se inquieta, algo le está asediando. No puede reconocerlo, desconoce por qué le persigue.

Finalmente, obedece a aquel mandato. Va hacia el baño y se lava la cara. Tampoco entiende por qué lo hace: odia esa bofetada fría en el rostro; rápidamente, levanta la cabeza para escurrirse de esa húmeda sacudida de la realidad. Así es como tropieza consigo mismo que se sorprende al verle desde el espejo. Baja la mirada, no puede sostenerla ante esos ojos huecos, desnudos. Nunca es fácil ver el propio abismo.

Pero también se defiende: tampoco tienen derecho a mirarle de ese modo. No hay nada peor que sentir la propia compañía como algo insoportable. No advierte que le perturba ser incapaz de disfrutar la oportunidad inmanente de estar bien... de ser.

Vuelve tras sus pasos. No habrá desayuno, sólo se atiborrará con el techo de un dormitorio pintado por la matinal bruma esclarecida de la noche que, inevitablemente, se derrumbará en la hondura de la siguiente. Es un día sin tiempo, de niebla donde vagan ausencias, pérdidas, desencuentros, deshojados recuerdos de otros días, luminosos unos, de borrascas otros.

Se traiciona y sucumbe ante el rito de invocar. Errantes, las súplicas se vuelven mudos gritos disueltos en la inmensidad del océano de la memoria. Insiste: reclama por aquellas jornadas que ha disfrutado, conjura el exilio definitivo de las tempestades que ha provocado.

-¿Por qué recuerdo todo esto?- se dice atado a un rincón de la habitación. Desde aquél vértice, ve como va asomando un universo lejano: el terruño añorado del que todos provenimos, donde se gesta un futuro que sólo servirá para tener un momento como hoy, un instante de nuestro tiempo gastado en pretender volver a él, a la infancia, época en que los sueños no se adelantan, se viven a la par que acontece el presente.

Su mirada vuelve atrás, a aquel impreciso día cuando comenzó a construir el mañana, sin imaginar que estaba dejando de ser niño. Así inició su partida de esa aldea natal a la que nunca volvería. Por eso, ahora, su corazón se desgarra para cambiar el rumbo; atropelladamente, intenta ese retorno para recuperar aquel reino que dispuso a su aparente antojo y que sólo le ha valido para ser esclavo de su recuerdo.

-Nada es como pensé que fuese- se reprocha... y se equivoca. Todo cuanto es de adulto se parece a lo que fue antes de serlo. Aquello que tiene o que ha desperdiciado es porque aquel niño, un segundo antes de ponerse a pensar en cómo sería cuando dejase atrás la infancia, muy probablemente, hubiese actuado de la misma manera que él, ya crecido. Sus motivos siguen siendo los mismos; cambian las circunstancias, los medios. Los aciertos se repiten, los errores se parecen. -Todos corremos detrás de lo que necesitamos y escapamos de lo que nos asusta- murmura en silencio.

-Sigo teniendo ese derecho-se consuela susurrante-: a intentar. Pero ahora, protagonista voluntario de sus actos, nada le exime de corregir lo que ha errado. Lo sabe, no hace falta que nadie se lo diga. Cuán duro le resulta ser sometido al propio juicio de las decisiones fallidas, de los daños provocados, más cuando aún alberga la sombra de un niño desterrado de su patria original empujado por hechos de los que no ha sido dueño.

Siente frío. La destemplanza del paisaje gris se ha metido en su cuerpo. Es un antiguo rocío que amortaja su alma. Le ha invadido el remordimiento de los errores, de aquellos que el niño no hubiese cometido sino hubiese sido un cachorro desprotegido que se acercaba a su indiferente dueño, no por el aspecto sino buscando su gesto.

Cierra los ojos como si quisiera con los párpados borrar las imágenes de las carencias y las equivocaciones; implorando que su bajar y subir sea una mágica caricia que devuelva con su paso los colores a los grises, la sonrisa a los llantos derramados, el tacto de los abrazos lejanos... las alas al espíritu quebrado.

Siente un trago inverso en la garganta. Algo quiere salir y no puede: un grito recóndito de sentimientos ahogados. Se le ensancha la mirada buscando una lágrima que no encuentra. La pena se convierte en un cerco del que no puede escapar. Se revuelve, gime. Dolorosamente, el hombre ha vuelto a ser niño. Ha recuperado, al menos, su identidad aunque no pise su suelo. Su aliento agitado trata de atrapar el aire que le tranquilice. Lánguidamente, su congoja suspira. -Todos han pasado, pasan y pasarán por esto- arbitra.

La calma seduce a la tormenta. Cabizbajo, se sienta en el borde de la cama. La ventana no dibuja nada, excepto un fantasma que flota afuera.

-No quiero verme así, perdido- pronuncia ante su reflejo. Ya no soy un niño-admite-, todo el mundo se equivoca... –se consiente arrepentido-; si puedo flotar en esta niebla, también puedo salir de ella. No quiero sentirme así, ni tan bueno ni tan malo... soy como cualquiera, con derecho a la misma cuota de cariño y capaz de pagar por ella con lo que llevo dentro... yo también valgo...

Se acerca a la ventana y apoya la mano en el cristal donde se ha hundido su fantasma, retornando al mundo que lo ha creado. Sus dedos sienten el frío de fuera. Una señal que contrasta con el calor de su vida.

La bruma de dentro se disuelve. Se da la vuelta y se sienta frente a una mesa. Vuelve a mirar hacia la ventana. La luz gris permanece y no cambiará hasta que anochezca. Eso ya no le inquieta. Le es suficiente con que sea su alma quien se despeja. Entonces, escribe:

PARA: A todo cuanto tengo y quiero

ASUNTO: ...sin asunto...

 

Y retorna a sí mismo, satisfecho de su encuentro... con lo que es, no con lo que debería haber sido.

Apuntes para terapia/ 2 de 2

Pudo escuchar como su compañero se dejó caer resoplando en la cama. Se dormiría rápido. No es su caso, no está nervioso, la excitación tiene otro origen. Se reclina en la cabecera de la cama y deja la luz encendida. En realidad, quiere permanecer despierto... quiere disfrutar lo que esta sintiendo.

-En la próxima reunión, me escucharán. Seré consultado. Nada se hará sin mi opinión-no deja de pensar.

Todo había estado programado desde hacia tiempo pero, dadas las circunstancias, era muy arriesgado. Tanto que no tenía fecha de ejecución, porque de eso se trataba, de ejecutar a alguien en nombre de una vieja reivindicación, tan vieja que sus motivos se diluyen enmarañados en una historia tergiversada por el tiempo, semejante a una leyenda terrorífica que ya no se cuenta a los niños y que su verdadero horror está en su pretendida vigencia impuesta por la fuerza, alentando una lucha insensata cuya única y justa solución es el entendimiento proveniente del diálogo entre las partes enfrentadas en ese conflicto que zozobra en unos reclamos desorientados. "Cosa de enclenques que se creen sabios, no hay mejor parlamento que aquel surgido de la acción armada", esa es la opinión de los que revitalizan su empresa con la barbarie y que con ese insensato argumento pretenden revalidar un asesinato como una ejecución de castigo.

Pero él ni siquiera necesita estar de acuerdo con esto; simplemente, se comporta fiel a sus impulsos que le garantizaban su supervivencia. No es la coincidencia con los demás lo que alimenta su fortaleza, ésta proviene de su propia convicción. Creció a puñetazos para ganarse un lugar en este mundo, había conseguido sobresalir no por capacidad sino por la temeraria frialdad para actuar en contra de cualquiera, aunque le fuese conocido. Esas cualidades le llevaron a aliarse con quienes hacen de la violencia una doctrina, una manera de interpretar la vida para dar rienda suelta a la nefasta bestialidad que llevan dentro, único modo que conocen para expresarse, para sentirse seguros, conformes consigo mismos. Ellos le habían buscado, los de la doctrina, los de la historia.

Se encuentra muy cómodo así. De este modo, cree haber encontrado la razón de su insensible vida. Poco que le interesan las ideas. –Lo que importa, es lo que puedes conseguir por ti mismo, con los medios que sean- ese es su lema, aprendido al rechazar todo sometimiento a la tolerancia y el respeto.

–La ley está en el poder que uno tiene- recitó, absolutamente convencido, sonriendo con la mirada vívidamente fijada en un rincón del techo. Se estaba felicitando por lo que hizo y de lo que sería capaz de hacer. –No cualquiera sabe sacar provecho de esto- se dijo, mientras acariciaba la pistola que reposaba entre sus manos. -Vendrá bien la fiesta de Manuel-imaginó y se puso a especular sobre las ventajas que ahora dispondría.

Pero unos fuertes golpes en la puerta le interrumpen. Empuña el arma. La habitación no tiene ninguna ventana. Mal asunto. Se siente atrapado pero no se amedrenta. Sale vociferando, apuntando hacia delante. No piensa, sólo actúa. Cualquier animal acorralado haría lo mismo: mostrar los dientes... empuñar la pistola. Los golpes aumentan, ensordecen sus gritos, le rodean, le enceguecen, le amordazan...los golpes no cesan... sólo hay golpes...

 

Roberto se sacudió hasta quedar sentado en la cama. Allí también resonaban unos golpes. La habitación estaba tenuemente iluminada. Las rendijas de la persiana semicerrada dejaban colar la luz de la mañana. De repente, el vecino dejó de martillar. Lo único que escuchaba era el viejo reloj encargado de recordarle cada mañana que debe ir a trabajar. Respiró para cerciorarse de donde estaba. Su mirada se detuvo en un pequeño bloc de papel que había dejado sobre la mesa antes de dormir.

-No pensé que lo tendría que usar tan rápido- se dijo. En la cubierta de cartón plastificado había escrito: "Apuntes para terapia". Había decidido hacerle caso a su psicólogo respecto a tomar notas de lo que soñase inmediatamente al despertarse, especialmente para no olvidar los detalles de esos animales fantásticos o de los mundos existentes en sus sueños que recorría en bicicleta.

–Influencia de los videojuegos- le había dicho el psicólogo pero él se distraía más con películas. Tenía reconocida la extrañeza de sus sueños, por eso aceptó finalmente la recomendación de apuntar todo lo que recordase de esos encuentros y aquellos viajes. Pero esta vez había sido muy distinto. –Demasiado real- pensó Roberto y reiteró: -Lamentablemente real...

Se acomodó colocando como respaldo las dos almohadas que usaba habitualmente para dormir y abriendo el bloc, con lápiz en mano, se dispuso a describir su último sueño. –No volveré a dormirme pensando en las noticias del día- se reprochó silenciosamente-, pero, ¿quién puede dejar de hacerlo cuando se asesina en nombre de la libertad?

Mientras escribía, advirtió que no se sentía molesto consigo mismo por haber entorpecido su descanso de esa manera. Seguramente, no había sido el único que se había dormido pensando en que una persona como él, como tantas, con amigos, familia, proyectos ahora inexistentes, fue arrebatada salvajemente de la vida por algunos que pregonan prepotentemente la defensa de una sinrazón que justifica un invento al que llaman patria, de una raza imaginaria que les enaltece, de una bandera y de una lengua que les distingue atribuyéndoles una orgullosa superioridad, todas supuestas diferencias que les encumbran y les autorizan a actuar de modo tan salvaje por esas causas irremediablemente pérdidas en la brutalidad de su irracionalidad.

Apuntes para terapia/ 1 de 2

Apuntes para terapia/ 1 de 2

El tercer hombre les esperaba con la puerta abierta. Los dos recién llegados entraron rápidamente. Antes de que pudiesen decir algo, el anfitrión saludó: - Para los vecinos soy Manuel.

- Hola, Manuel- fue la doble respuesta hecha casi al unísono pero las miradas fueron más elocuentes. Ojos que se movían en todas las direcciones, buscando sombras, destellos de otras miradas que les pudiesen seguir. La puerta que sujetaba Manuel, se cerró tras ellos. El primero en entrar fue directamente hacia la única ventana que daba a la calle. No buscaba nada propio. El coche que les había llevado, estaba estacionado a 10 minutos de allí. No importaba, si tenían necesidad de uno, usarían el de Manuel.

El segundo hombre no sentía curiosidad por nada. Estaba visiblemente cansado. Era el que había conducido todo un viaje que no fue especialmente largo pero sí muy tenso. Escapar siempre es así.

Manuel les indicó las habitaciones para dormir. Sin más explicaciones, dedujeron donde estaba el baño y la cocina. En la sala, poco había: una mesa con tres sillas, un televisor apagado en el suelo adosado a un rincón y un amplio sofá con una mesa donde se amontaban sin ningún orden mapas, tres libros y unos textos fotocopiados encuadernados muy sencillamente.

Los huéspedes llegaron sin equipaje. De lo que pudiesen necesitar ya se había encargado Manuel, además de alojarlos, obviamente. Se quitaron los abrigos y dejaron relucir parte del metal de las armas que llevaban pegadas al cuerpo. De eso no se desprendieron. Al dueño de casa no le sorprendió. Él también tenía una similar debajo de la gruesa camisa abierta que la disimulaba. Al ver que sus nuevos compañeros se sentaban, les dijo que en la cocina había comida.

–Trae algo de beber- dijo el que parecía más expectante-, hay que celebrar el éxito. El que mejor conocía la casa, actuó sin cuestionar. Volvió y respondió: -Este es un buen licor de la tierra, de la nuestra. La aclaración estaba fuertemente recalcada por el idioma que empleaban. No era una jerga del oficio, el lenguaje identificaba el origen de los tres, como otros detalles que, aparte de las armas, les vinculaba al motivo por el que estaban allí: formaban parte de un grupo con una tarea muy especial, muy meritoria para ellos, dignidad quebrada por la presencia insensata de las pistolas, absurda burla a la justificación de sus intenciones.

El que parecía soñoliento, señaló: -Vendrá bien para descansar-.

-Sin pasarse- apuntó Manuel. Duerman un rato, yo vigilaré. Sirvió el licor, repartió los vasos y agregó: -Va por ustedes y ahora, por mí también. Salud.

- Salud- replicaron los otros y los tres apuraron el trago. A pesar del único sorbo, supieron reconocer su calidad. El aguardiente era bueno, no quemó sus entrañas, otra cosa ardía dentro de ellos. –Una más y la última- fue lo dicho silenciosamente al arrimar los vasos vacios a Manuel. Éste no se negó a la petición.

-Aquí estamos seguros-explicó. Llevo varios meses organizando juergas cada 3 o 4 días y los vecinos están acostumbrados a ver gente extraña que luego desaparece. Ustedes no les van a sorprender. Anteayer hubo una y mañana tendremos otra. Se quejarán un poco del ruido pero como es sábado, nadie les hará caso.

Los otros, que esta vez paladearon la bebida, asintieron conformes. Si bien estaban preocupados, esa sensación ya no les molestaba, formaba parte de ellos, les mantenía en alerta constantemente. –Para no perder de vista la meta- como solían decirse los tres que hacían de su trabajo una labor de 24 horas.

–La meta lo justifica todo- comentaban más de una vez para darse ánimos. Y eso era lo que había estado alegando interiormente, durante todo el viaje, el que no se mantenía quieto. Lo hacía sin brusquedad: se levantaba, volvía a sentarse, otra vez se incorporaba. Sencillamente, no podía permanecer inmóvil. Probablemente, porque gracias a lo que había hecho, alguien ya no se movería nunca más. Él era el autor del suceso que obligaba a los tres a estar allí, bajo las condiciones de un juego macabro e indigno.

Manuel advirtió su turbación. Él ya había pasado por eso en situaciones similares pero que no habían llegado al extremo de enfrentarse al objetivo. –Piensa demasiado- decían los jefes, por eso, le encomendaron que se encargase de que no faltase nada para apoyar a sus otros dos compañeros. Así, acostumbrado a la organización y la previsión, reiteró: -Descansen, yo vigilo.

Entre todos, intercambiaron un abrazo de camaradería, fraternidad que sólo ellos entendían. Fuera de esas paredes, nadie les regalaría un gesto similar si supiesen lo que encubrían esas juergas y menos aún después de lo ocurrido. Manuel quedó en la sala y el resto se metió cada uno en una habitación.

El vecino/3 de 3

Despertó sin sobresalto pero con una sorpresa: un pájaro canturreaba algo incomprensible detrás de la cortina. Esta vez con tranquilidad, la corrió sin temor. Sabía lo que encontraría: la nieve que el frío protegía y al árbol, con su esqueleto de brazos abiertos; en uno, un pájaro posado, en otro una hoja aferrada. La joven rió y dio un jubiloso giro sobre sí misma. Pero unos pasos en la escalera, interrumpieron su euforia. –Es mi amigo pintor- pronunció interiormente. Corrió hasta la puerta y al abrirla se encontró con la señora encargada de la limpieza, quien le miró con tanta sorpresa como la de ella al no encontrar al anciano.

-¿Qué hace Ud. aquí?- dijo la joven decepcionada por no hallar lo que buscaba.

La mujer le miró comprensivamente porque sabía de su enfermedad y se limitó a responder amablemente: -Señorita, Ud. bien lo sabe... Y tenga buen día- finalizó para proseguir con su labor.

Pero la desilusión volvió a interrogar: -¿Y el pintor, por qué no está aquí?

La limpiadora pacientemente abandonó sus trastos, se acercó a la joven y mirándole con dulzura le contó:

-El pintor murió ayer. Le encontraron recostado junto a la puerta de su habitación, al borde de la escalera. Fue muy extraño, estaba muy frío. En los bolsillos de su abrigo sobresalían unos pinceles y algunos tubos de pintura. Sin embargo, su rostro estaba en paz, casi con una sonrisa.

La joven, sorprendida y apesadumbrada a la vez, agradeció la explicación con un gesto y regresó a su habitación. Al cerrar la puerta, quedó enfrentando la ventana. Repentinamente, se llevó las manos a la boca para sofocar un grito. Acababa de descubrir lo ocurrido: afuera, la gélida brisa movía las delgadas ramas del árbol. Sólo la hoja permanecía impasible. Era la última obra del viejo pintor.

 

Sólo he querido acercaros esta versión respetuosamente adaptada por mí de un cuento de O. Henry, seudónimo de William Sydney Porter, un maestro de los relatos breves. Tanto como si lo conocieseis o no, me ha parecido oportuno que lo disfrutaseis, por su referencia simbólica a la solidaridad humana, representada, en este caso, por un vecino pero que bien podría ser a través de un amigo, un compañero de trabajo. Que sirva esta historia para recordarnos cómo somos, quiénes nos rodean, la necesidad afectiva que tenemos y el valor que posee el disponer de esas personas.

El vecino/2 de 3

Una vez más la luz disolvió la oscuridad, aunque nadie lo advirtió hasta que los fantasmas del temporal fueron reemplazados por un ir y venir de pasos en la escalera y el aullido urgente de una ambulancia que se apagó precisamente en el portal del edificio. La joven de la planta baja se despertó sin reparar en la ausencia de su tos. Estaba más atenta al traqueteo de la escalera y al vehículo que mantenía su motor en marcha afuera. De pronto, recordó la hoja, la única que quedaba ayer por la tarde. Su gesto cambió tan rápido como cuando la niebla se adueña de una montaña. Su incertidumbre ya no era por lo pasaba detrás de la puerta de su habitación: estaba depositada en aquello que podría encontrar del otro lado de la ventana. Mejor dicho, en aquello que no podría encontrar.

Salió de la cama, se cubrió con una manta y se enfrentó a la cortina desplegada. Se aferró a ella con una mano sin deslizarla; estaba más cerca del ruego que de la duda. Bruscamente, apartó el burdo telón y quedó enceguecida por la transparente luz de la mañana reflejada en la nieve amontonada junto a su ventanal, cubriendo el callejón que la separaba del árbol desnudo, casi pegado al paredón vecino. A pesar del deslumbramiento, sus ojos no parpadearon. A medida que el velo luminoso fue desvaneciéndose, la escena fue cada vez más evidente: allí estaba el raquítico árbol. Sólo competía con el diáfano día el brillo dorado de la hoja que no había claudicado ante la tormenta. La joven exhaló un breve gemido de alivio que se convirtió en una sonrisa. Pero una sombra se le antepuso: -Pronto caerá- pensó amargamente y volvió a acostarse.

Pasó el día atendiendo hipnóticamente a la persistente hoja. Si la debilidad le vencía, despertaba súbitamente para calmarse al encontrarse con la fiel compañía de esa frugal vecina. Por la tarde, sin abandonar su vigilancia, recordó al vecino pintor y, sólo por un momento, instintivamente, su mirada buscó el tazón de caldo que le había dejado. Sentía hambre. Lo calentó y bebió lentamente para no perder de vista a la hoja. Poco a poco, fue sintiéndose reconfortada. Hacia tiempo que esa sensación no era suya. Nuevamente su pensamiento preguntó por el anciano de arriba. Con esa nueva incertidumbre, advirtió como ya casi no quedaba luz fuera. La hoja que se aferraba a la vida era casi invisible. La tapó con la cortina y reconoció que, a pesar de su nefasto presagio, se sentía mejor, con deseos de descansar, de alejarse de ese pronóstico adverso. Finalmente, se durmió apaciblemente después de festejar esa fría pero luminosa Navidad con un tazón de buen caldo y la compañía de una resplandeciente hoja dorada.

El vecino/1 de 3

El vecino/1 de 3

Entró en la habitación que era toda su casa muy despacio, como si no quisiera importunar al vacío. Pero su buena voluntad pretendía no aumentar las quejas con que sus viejos huesos le azotaban por dentro, amotinados por el frío del día.

Apoyó los cuadros sin enmarcar y le costó convencer a sus manos para que desarticularan su congelada postura, al menos lo suficiente como para soltarlos. A pesar de todo, acertó a cerrar la puerta, más por costumbre que para evitar la entrada del frío. Era igual, su cuerpo no notaba la diferencia entre el gélido gris de afuera y la penumbra de dentro.

Caminó deslizando los pies muy suavemente, sin ningún ruido. Era su forma más ágil de llegar hasta el hornillo donde descansaba el resto de un caldo que le prometía aliviar el hielo que se había enquistado en su cuerpo. Sin embargo, su ánimo permanecía tibio.

-Cuando pase el temporal, algo se venderá- se dijo mientras removía el caldo que, con su aroma, hinchaba su entusiasmo. Los círculos de la cuchara no le ayudaron a recordar cuando fue la última vez que una persona se interesó por los cuadros que le acompañaban desde que había dejado de pintar y que exponía a diario en la calle, cerca de la habitación que era toda su casa en un viejo edificio de pocos vecinos.

Una tos interrumpió el vaivén del utensilio en el caldo.

-La chica de abajo está peor- señaló para convencer a sus huesos que, ni con el buen olor de la sopa, acallaban su ruinoso descontento.

Cuando consiguió que estos dejaran de alborotar y el caldo era sólo un perfume que convertía al cuarto en algo habitable, el silencio de su cuerpo sin molestias le permitió prestar atención al rumor quebradizo de aquella vecina. Sus piernas más entonadas le llevaron, ahora sin arrastrar los pies, escaleras abajo. Golpeó amablemente la puerta anunciándose con su nombre. La tos cesó y una desgajada voz femenina le respondió invitándole a pasar.

La habitación estaba casi a oscuras. Muy despacio se acercó a la cama donde estaba tendida una joven cuyo mal estado no impedía opacar su belleza natural. –La belleza de la juventud- se permitió pensar por un momento el viejo pintor.

-¿Puedo sentarme a su lado? ¿Puedo serle útil? ¿Necesita algo?

La joven le miró dulcemente. -No se moleste, ya nada puede remediarme.

-Nada de eso- soltó el anciano vecino y fingiendo una reprimenda, agregó:

-Tiene esto muy lúgubre. Así su espíritu no puede recobrarse.

Dejando su silla rápidamente, probablemente porque los huesos estaban entretenidos con la sustancia del buen caldo, se acercó a la ventana para correr la cortina que la cubría y sentenció:

-Verá como con un poco más de luz se sentirá mejor.

Tan pronto como el exterior quedó descubierto, el rostro de la joven empalideció más, como si en vez de luz hubiese entrado un frío presagio. Sólo se atrevió a murmurar: –Fíjese en el árbol, cuando pierda todas sus hojas, yo también moriré- murmuró.

El pintor sacudió la tregua de sus huesos, reprochándose la idea de iluminar la habitación. -¿De dónde ha sacado eso?- argumentó. -El árbol no morirá, se dormirá hasta primavera, sólo es eso.

-Mi aliento se va con sus hojas secas. Cuando no quede ninguna, me iré con ellas- insistió, para luego enmudecer, perdida en la contabilidad que hacia del contenido de las ramas sacudidas por el viento.

El viejo pintor no pudo evitar mirar hacia fuera y desear que la ventisca cesara. Se acercó a la joven, le acarició la frente y advirtió la fiebre que le angustiaba más que el número de hojas supervivientes. Con una sonrisa, le insinuó que probara un tazón de su caldo, ese que había complacido a su desvencijada osamenta. Su enferma vecina agradeció y negó con la mirada. Una tos incipiente desarmó su gesto. El anciano le arropó y creyó mejor dejarle descansar.

-Volveré más tarde para servirle el caldo- anunció, despidiéndose. Al acercarse a la puerta, miró hacia la ventana: sólo quedaba una hoja. Sus ojos buscaron a la joven y notó que ella también se había fijado en el mismo detalle: sólo quedaba una hoja. Volvió para ocultar la escena con la cortina y, entonces, la joven pronunció: -Es lo mismo, con el vendaval que hay no sobrevivirá, igual que yo-.

El envejecido pintor, arrepentido de su decisión, fue cubriendo el hueco acristalado mientras observaba como el viento parecía ponerse en su contra y a favor de tan triste expectativa. Súbitamente, el tamborileo de la nieve sobre el oculto ventanal, acentuaba la determinación del temporal. Efectivamente, la Nochebuena se acercaba estremecedoramente impulsada por la tempestad de nieve. Las rachas de viento se colaban con sus silbidos por los rumorosos rincones del edificio que, en lugar de provocar la vigilia, sólo acentuaba su escasez: el edificio dormía, refugiándose, como un caracol en sí mismo, escapando de antiguos temores que intentaban confundirse con el sueño anticipado de los vecinos, una sorda táctica parecida a una liturgia torpe que pretendía invocar la pronta despedida de esos huéspedes no deseados, cuya presencia no había manera de evitar. Así, nadie prestó atención a los quejumbrosos huesos del pintor ni al débil y constante carraspeo de la joven enferma.

El amigo silencioso/5 de 5

El pequeño poblado estaba rodeado por fincas muy cuidadas que reflejaban el buen trabajo de sus habitantes. Ahora, mirando por la ventanilla del autobús, mientras se adentra en la ciudad atravesando esa zona indefinible, mezcla de lo urbano y lo rural, me invade la nostalgia por dejar un mundo que me hizo ver las profundas diferencias existentes con el que estoy acostumbrado a deambular y que me hacen añorar lo que he dejado atrás.

El recuerdo del encuentro con los lugareños me produce una leve sonrisa, ya que al atravesar las huertas y los campos donde, a pesar de lo temprano que era, ya estaban trabajando, provoqué tal efecto que les hizo abandonar sus tareas a causa de mi apariencia. Me dirigí al que estaba más próximo a mi senda y saludándole con naturalidad, le pregunté si tenía que caminar mucho para llegar hasta la carretera que me llevase a la ciudad. Se acercó y me respondió con otra pregunta: -¿No necesita Ud. otro tipo de ayuda?

Me miré, me apoyé en un cerco para aliviar mi propia carga y le dije: -Bueno, ya que es tan amable, ¿tendrá algo que me sirva de desayuno?

Llamó a otro hombre de nombre Juan y su voz resonó en la hondura donde se asienta el pueblo, en medio de la serranía. Por supuesto, no sólo se acercó Juan sino una media docena más de aldeanos, aportando cada uno algo de beber o de comer. Me quedé con lo se parecía más a mi acostumbrada manera de salir del ayuno matinal y, mientras me ocupaba de meterlo en el cuerpo, mi anfitrión me preguntó algo que me pareció escuchar la noche anterior: -¿Qué hace Ud. por aquí?

Esta vez opté por ser discreto sin salirme de la verdad y respondí abiertamente: -Ayer estaba muy agobiado por mi trabajo y necesitaba un descanso. Me pareció que lo más indicado para ello era dar un paseo y decidí hacerlo por el monte, ya que vivo en la ciudad. Como es la primera vez que lo hago, no calculé bien el recorrido, se hizo de noche y me perdí. Al amanecer, fue sencillo dar con el pueblo pero no sé como volver a la ciudad desde aquí.

Todos se miraron, cómplices para juzgar mi torpeza y el paisano llamado Juan dijo alegremente: -Pues tuvo suerte, a juzgar por el estado en que ha llegado. Especialmente porque por allí arriba no hay nadie excepto nosotros cuando es temporada de caza.

Aún no sé como pude disimular mi estupor al oír que en lo alto de la sierra nunca hay nadie. Reaccioné, para desatar mi curiosidad mezclada con el asombro, preguntando: -¿Cómo puede ser que nadie ni siquiera pasee por un lugar con tan buen paisaje?

El hombre que había llamado a Juan tomó la iniciativa para responder. –Tenemos la suerte de que aquello sólo sea un lugar para conejos, zorros y jabalíes, aunque hubo un tiempo que un hombre y su perro acostumbraban a andar por allí los fines de semana.

El resto de los vecinos asintieron y Juan, de evidente talante jovial, agregó: -¿A quién se le puede ocurrir tener un sabueso en la ciudad? Pues, a ese hombre se le había antojado ese perro, "por lo bonito", como nos explicó la primera vez que lo encontramos, esperándolo mientras el animal se desahogaba tras un rastro.

-Pero, Juan,- intervino otro de los paisanos –admitamos que el perro era muy bueno en lo suyo, con ese ladrido que llenaba el monte, aunque el dueño fuese un inútil para emplearlo.

Juan siguió con sus comentarios con más respeto. –Es verdad; lo cierto es que estábamos todos deseando que el hombre apareciese los domingos de caza para disfrutar del perro.

-No crea Ud.- dijo mi primer interlocutor –que nos reímos de los que vienen de la ciudad. Nosotros establecimos un acuerdo con aquel hombre: él paseaba dentro del coto, durante la casería, y nosotros nos beneficiábamos de los rastros que el sabueso marcaba. Así, él disfrutaba mucho de ver a su perro desarrollar su instinto de aquella manera.

Todos quedaron callados. Apresuré el fin de la generosa vianda y me atreví a preguntar: -¿Y qué ha sido de ellos?

Uno que no había dicho nada hasta el momento, respondió: -Hace más o menos un año, una mañana de temporal, nos lo encontramos mientras buscábamos una vaca perdida y nos dijo que acababa de enterrar a su perro allí arriba. Se despidió de nosotros porque ya no volvería más, como era habitual hacerlo. Nos señaló donde estaba la tumba, como si pidiese permiso para dejar al animal muerto allí y no lo hemos vuelto a ver.

Juan volvió a participar animosamente. –Lo raro fue que esa noche pudimos ver, desde aquí, una hoguera cercana al lugar donde el perro está enterrado. Pero es algo que no ha vuelto a ocurrir.

Yo no salía de mi estupor, mal ocultado al quedarme callado y boquiabierto. Viéndome así, uno de ellos me preguntó: -¿Se encuentra bien?; si quiere, podemos llevarle a la ciudad.

A pesar de mi perplejidad, pude responder que no hacia falta y tras recibir las indicaciones necesarias para proseguir, agradecí la amabilidad y me fui caminando hasta la carretera. Al alejarme del caserío, surgió espontáneamente una pregunta que hice a viva voz: -¿Estáis recogiendo nueces? No fue necesaria escuchar la respuesta ya que sus risas, mezcladas con la frase "...en primavera...", lo decían todo. Me escondí entre mis hombros, hasta la parada del autobús, que casi estuve a punto de perder al hallarme tan cohibido por los comentarios de aquellos hombres.

 

Ya estoy dentro de la ciudad y mi viaje próximo a finalizar. Recapacito en cómo me encontraba al comenzar esta andadura y pienso en la manera de aprovechar esta historia de amistad para recomponer mi relación con mi novia, recuperar a mi enfadado amigo y decirle a mi jefe que no se preocupe que, si me deja trabajar tranquilo, todo estará listo en fecha.

Me preparo para bajar y me sacudo tierra seca de mi maltrecha ropa, deseando que no ocurra lo mismo con todo lo que acaba de suceder. Para asegurarme de ello, me prometo dos cosas: primero, interpretar la vida de otro modo, a través de la riqueza de las relaciones humanas y, segundo, no olvidar la imagen fugaz de aquel perro que me sacó de mi desesperada situación, guiándome hasta dar con un hombre que me ha hecho reflexionar sobre lo que somos y quisiéramos ser.

Como despedida, miro por última vez por la ventanilla de mi asiento y trato de percibir entre la gente solitaria quien puede llevar la pena de haber perdido a un amigo semejante al de aquel hombre. He aprendido lo incompleto que puede estar nuestro corazón si nunca ha recibido el amor de un perro; incluso, al observar a algunas personas acompañadas por uno, me doy cuenta que aburrida puede ser la imagen de alguien que no esté acompañada por la silueta de uno de estos nobles animales.

Mientras recorro el pasillo del autobús hasta su puerta, tengo el amargo de sabor de una incógnita: ¿cuál sería el nombre del amigo silencioso de aquel extraño hombre que conocí tan misteriosamente?

El camino hasta mi casa me pone de frente al perfil cercano del monte y me pregunto si, alguna noche, desde aquí, seré capaz de ver brillar una hoguera. Para mi consuelo, al menos, tengo la certeza de que allí, dos espíritus disfrutan juntos de la libertad.

El amigo silencioso/4 de 5

Al suavizarse otra vez el camino, vuelvo a mis recuerdos.

-Siempre sentí una sana envidia hacia él- dijo tímidamente -porque veía que él poseía algo que yo no tenía: la certeza de saber para que estaba en este mundo, ya que se dedicaba a lo suyo sin dudas; simplemente lo hacía, sin cuestionamientos, sin importar el esfuerzo, aun con el riesgo de no obtener nada con ello. Su mayor recompensa estaba en el placer de hacerlo.- Miró hacia la techumbre de los árboles, ensangrentada por el resplandor del fuego y como si pudiese ver más allá de ese tejado de hojas, agregó reflexivamente: -¿Cuántos de nosotros podemos tener esa suerte, al menos por una vez, de actuar con la misma convicción?

Mi silencio en aquel momento fue un tácito permiso para que siga hablando. Ahora, de vuelta a mi realidad cotidiana, la lucidez que empleo para recordar todos estos detalles es similar al deseo que sentía por seguir escuchándole.

El hombre suspiró como si hubiese hallado algo que le produjera alivio. Hizo un gesto como para disculparse por haber despachado discurso tan emotivo y, tras una pausa, continuó haciéndome partícipe de sus elucubraciones.

-Supongo que Ud. tendrá un amigo que signifique lo que acabo de expresar, a quien reconocerle el mérito de estar junto a Ud. no sólo para lo bueno sino también para lo malo.

Manifesté mi acuerdo con un movimiento de cabeza y prosiguió: –Y en lo malo no sólo implica ante las circunstancias de la vida, sino ante nuestra imperfección que, en más de una ocasión, no sabemos ocultar.

Volví a reconocerle la exactitud de sus palabras con una sonrisa, demostrándole además, cuán a gusto estaba con la conversación.

Sin embargo, aquel hombre se sentó, como para anticipar su epílogo; sus ojos habían salido de aquella niebla emocional y me dijo: -Tendrá que perdonar que haya pensado en voz alta pero intuyo, por lo que pudo haberle traído hasta aquí, que sabrá interpretar la huella que me ha dejado la compañía de mi amigo y que, espero, pueda servirle para sentirse mejor. Pero eso será a partir de mañana; aún queda bastante fuego y podremos descansar aquí hasta que amanezca.

-Gracias- le respondí. -Sus palabras me han hecho olvidar los sinsabores de mi paseo.

Nos recostamos sobre la hierba y antes de desearnos un buen descanso, me dijo: ¿Sabe?, todo esto que mi amigo me enseñó, lo hizo sin decirme una palabra, sólo con su ejemplo.

Calló y descubrí algo más: qué placentero resulta dormirse mirando el fuego.

 

El autobús frena bruscamente y la maniobra me sacude igual que al despertarme el bullicio de la mañana primaveral amaneciendo, cargada del aroma húmedo del aire. Al recuperar la marcha lentamente, me acuerdo como me invadió el asombro al encontrarme solo en aquel claro del bosque, semicubierto por hojas secas que me protegieron del rocío y sin rastros de aquel hombre. Pero lo que más me dejó perplejo fue ver que la reconfortante hoguera no era un rescoldo agonizante sino un fósil con mucho tiempo de abandono.

Desde aquel lugar pude ver una pequeña aldea y el camino que me llevaba a ella. Comenzaba a cumplirse el dictamen de mi acompañante nocturno que vaticinó como, al día siguiente, vería todo distinto.

Me levanté dolorido, sin distinguir entre los golpes o la incomodidad de haber dormido tendido sobre el terreno. Me dirigí, entonces, hacia el caserío sumido en el mayor desconcierto de mi vida.