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Apuntes para terapia/ 1 de 2

Apuntes para terapia/ 1 de 2

El tercer hombre les esperaba con la puerta abierta. Los dos recién llegados entraron rápidamente. Antes de que pudiesen decir algo, el anfitrión saludó: - Para los vecinos soy Manuel.

- Hola, Manuel- fue la doble respuesta hecha casi al unísono pero las miradas fueron más elocuentes. Ojos que se movían en todas las direcciones, buscando sombras, destellos de otras miradas que les pudiesen seguir. La puerta que sujetaba Manuel, se cerró tras ellos. El primero en entrar fue directamente hacia la única ventana que daba a la calle. No buscaba nada propio. El coche que les había llevado, estaba estacionado a 10 minutos de allí. No importaba, si tenían necesidad de uno, usarían el de Manuel.

El segundo hombre no sentía curiosidad por nada. Estaba visiblemente cansado. Era el que había conducido todo un viaje que no fue especialmente largo pero sí muy tenso. Escapar siempre es así.

Manuel les indicó las habitaciones para dormir. Sin más explicaciones, dedujeron donde estaba el baño y la cocina. En la sala, poco había: una mesa con tres sillas, un televisor apagado en el suelo adosado a un rincón y un amplio sofá con una mesa donde se amontaban sin ningún orden mapas, tres libros y unos textos fotocopiados encuadernados muy sencillamente.

Los huéspedes llegaron sin equipaje. De lo que pudiesen necesitar ya se había encargado Manuel, además de alojarlos, obviamente. Se quitaron los abrigos y dejaron relucir parte del metal de las armas que llevaban pegadas al cuerpo. De eso no se desprendieron. Al dueño de casa no le sorprendió. Él también tenía una similar debajo de la gruesa camisa abierta que la disimulaba. Al ver que sus nuevos compañeros se sentaban, les dijo que en la cocina había comida.

–Trae algo de beber- dijo el que parecía más expectante-, hay que celebrar el éxito. El que mejor conocía la casa, actuó sin cuestionar. Volvió y respondió: -Este es un buen licor de la tierra, de la nuestra. La aclaración estaba fuertemente recalcada por el idioma que empleaban. No era una jerga del oficio, el lenguaje identificaba el origen de los tres, como otros detalles que, aparte de las armas, les vinculaba al motivo por el que estaban allí: formaban parte de un grupo con una tarea muy especial, muy meritoria para ellos, dignidad quebrada por la presencia insensata de las pistolas, absurda burla a la justificación de sus intenciones.

El que parecía soñoliento, señaló: -Vendrá bien para descansar-.

-Sin pasarse- apuntó Manuel. Duerman un rato, yo vigilaré. Sirvió el licor, repartió los vasos y agregó: -Va por ustedes y ahora, por mí también. Salud.

- Salud- replicaron los otros y los tres apuraron el trago. A pesar del único sorbo, supieron reconocer su calidad. El aguardiente era bueno, no quemó sus entrañas, otra cosa ardía dentro de ellos. –Una más y la última- fue lo dicho silenciosamente al arrimar los vasos vacios a Manuel. Éste no se negó a la petición.

-Aquí estamos seguros-explicó. Llevo varios meses organizando juergas cada 3 o 4 días y los vecinos están acostumbrados a ver gente extraña que luego desaparece. Ustedes no les van a sorprender. Anteayer hubo una y mañana tendremos otra. Se quejarán un poco del ruido pero como es sábado, nadie les hará caso.

Los otros, que esta vez paladearon la bebida, asintieron conformes. Si bien estaban preocupados, esa sensación ya no les molestaba, formaba parte de ellos, les mantenía en alerta constantemente. –Para no perder de vista la meta- como solían decirse los tres que hacían de su trabajo una labor de 24 horas.

–La meta lo justifica todo- comentaban más de una vez para darse ánimos. Y eso era lo que había estado alegando interiormente, durante todo el viaje, el que no se mantenía quieto. Lo hacía sin brusquedad: se levantaba, volvía a sentarse, otra vez se incorporaba. Sencillamente, no podía permanecer inmóvil. Probablemente, porque gracias a lo que había hecho, alguien ya no se movería nunca más. Él era el autor del suceso que obligaba a los tres a estar allí, bajo las condiciones de un juego macabro e indigno.

Manuel advirtió su turbación. Él ya había pasado por eso en situaciones similares pero que no habían llegado al extremo de enfrentarse al objetivo. –Piensa demasiado- decían los jefes, por eso, le encomendaron que se encargase de que no faltase nada para apoyar a sus otros dos compañeros. Así, acostumbrado a la organización y la previsión, reiteró: -Descansen, yo vigilo.

Entre todos, intercambiaron un abrazo de camaradería, fraternidad que sólo ellos entendían. Fuera de esas paredes, nadie les regalaría un gesto similar si supiesen lo que encubrían esas juergas y menos aún después de lo ocurrido. Manuel quedó en la sala y el resto se metió cada uno en una habitación.

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